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lunes, 12 de mayo de 2014




DÍGALE...



Dígale que...aquel que no osa mirar al frente de su vista se lo pierde todo y quien no sepa entender e interpretar lo que tiene ante sí hará siempre un mal negocio.
Es el momento, es la ocasión de hacer lo que uno debe hacer y de vivir intensamente aquello que se nos ha regalado. No esperes nunca nada de la vida, pero cuándo ésta se pone en forma y decide ser espléndida y derrochadora en momento tan puntual hay que saber aprovecharse de ello, pues nunca habrá segundas oportunidades.
La casualidad suele dar casi siempre demasiados rodeos.
Déjate pues llevar por el deseo y el amor cuando estos acudan a ti y no esperes a ser viejo para comprender tu error, una vez que sea demasiado tarde. No habrás vivido entonces y habrás perdido además la única oportunidad en la que la vida te brinda la ocasión de usar el corazón en lugar de la cabeza”.

             En la ciudad de Roma, el viento y la llovizna bailaban al mismo tiempo una danza muy parecida. El agua que caía a ráfagas, fría y rabiosa, saludó la entrada en la ciudad de aquel ensimismado viajero que transitaba con la vista absorta por las desnudas salas del solitario y desangelado aeropuerto. Era demasiado pronto para el bullicio habitual y cotidiano que siempre lo acompañaba y lo vestía.
              Todavía tenía relativo tiempo por delante, aún restaban un par de horas para llegar a su destino, un destino en el que encontrarse con alguien a quien aún no conocía en persona pero a la que podía recitar de memoria cuando así se lo propusiera.
              El transporte hasta el centro de la ciudad, por la escasa distancia existente, le supuso un distraimiento mínimo en aquel extraño nerviosismo que hizo mella en su interior la noche anterior. No sabía a qué atenerse, ni cómo se sentiría al llegar y hallarse frente a aquella persona que durante tanto tiempo había ocupado la totalidad de sus noches y casi todos sus pensamientos.
              Después de intensos días plagados de dudas y temores decidió que el paso que iba a dar resultaba completamente necesario, sincero con sus íntimos deseos, también lo consideraba del mismo modo ella. Ninguno podía dejar pasar más tiempo con tal indecisión en el corazón y morir esperando la ocasión y sin poder salir de dudas.
              Aquello parecía que podría ser serio, aquello parecía que podría ser importante para ellos. Tenían que acudir a esa cita y despejar de sus mentes las ideas que velaban sus corazones y sus almas.
              Desde la ventanilla del transporte público que le llevaba hasta el centro de la ciudad, miraba ausente el urbano paisaje de los aledaños de la populosa urbe. Eran como cualquier otro suburbio de gran ciudad europea, ninguna diferencia con el resto.
              Miraba pero no veía, su mente recorría centímetro a centímetro el recuerdo del rostro de la mujer con la que se encontraría, un rostro bello y sensual que lo había cautivado desde que una fotografía de empresa cayó en sus manos.
              Y sin embargo, solo había escuchado un par de veces su voz, no habían tenido mucho más contacto verbal entre ellos pues todas las conversaciones empresariales quedaban grabadas por motivos de seguridad y desde sus domicilios... aquello resultaba aún más difícil. Nunca se atrevieron a comunicarse de manera habitual dadas las circunstancias.
              Desde su ciudad de residencia, París, no alcanzaba a ver todo lo que deseaba saber al respecto.
              La misma empresa para la que trabajaban ambos les había unido sin quererlo, fue solo a través de los correos internos y profesionales que pronto dejaron de ser compañeros de trabajo, para pasar a ser auténticos amantes virtuales. Ella fue la primera que manifestó su interés en un momento determinado, luego, tras varios días de cruce de emotivos suspiros y propuestas inconfesables, una pasión prometida les venció por completo y él se dejó llevar completamente convencido de la bondad de la idea.
               Quedaron en verse sin un motivo aparente, solo fue fruto de una especie de reto que se plantearon y que al final acabó en una cita obligada y necesaria, en una cita irrenunciable para cualquiera de los dos.
               Ella tenía dos hijas mayores, él, dos hijos pequeños. Ella era morena, con unos maravillosos ojos que aportaban un intenso brillo y belleza a su rostro. Él, alto, con buen porte. Pero ambos coincidían en una cosa, los dos habitaban una larga historia que les vestía inadecuadamente con un marido inapetente y con una esposa aburrida y despreocupada, con dos compañeros de vida que pugnaban por ver quién era más despegado y desinteresado con sus respectivas parejas.
               Habían quedado en verse en Termini, la impresionante estación de trenes. Les pareció una buena idea porque así estarían cerca de todo, de un lugar dónde poder desayunar juntos y sobre todo, en un espacio cercano al hotel dónde él se hospedaría durante su corta estancia en la ciudad eterna.
              Se habían prometido, como en un juego excitante aunque al mismo tiempo inocente, que al encontrarse se abrazarían y se besarían como si fueran dos adolescentes enamorados, a pesar de las furtivas y rápidas miradas de los transeúntes que circularían por los pasillos de la estación con esa habitual prisa inherente a la vida actual y mucho más pendientes de los horarios de las salidas y llegadas de los trenes, que de dos amantes comiéndose a besos en la estación principal de Roma.
              El expreso Leonardo le depositó en la estación después de un breve recorrido desde Fiumicino. Una vez descendió del tren accedió al vestíbulo de la estación y dirigió su mirada hacia todos los rincones del edificio. La puerta principal había sido designada como el lugar del encuentro, más en un primer momento no vio a nadie que le recordará a la persona a la que andaba buscando.
              Con mayor detenimiento formalizó un segundo vistazo y ahora sí localizó a una mujer que se acercaba a él con tímidas zancadas pero con una sonrisa plena que iluminaba su bello rostro. Su sensual movimiento corporal provocó en él un intenso escalofrío en la espalda.
              Al llegar a su altura se fundieron en un intenso y apasionado abrazo que unió sus estimulados cuerpos y disparó en vertical sus íntimos deseos, erizándoles la piel de inmediato. El abrazo duró un instante infinito. Ella se separó por un momento y agarró con premura la mano de él, arrastrándole a una esquina del edificio para quedar fuera del alcance de la vista del resto de los viandantes. Apoyo su espalda en la fría pared de piedra y le atrajo hacía sí hasta que se fusionaron en un sensual beso que les envolvió en la más absoluta de las pasiones. Se mordieron los labios y se comieron la boca, en un instante mágico que compensó todas las horas previas vividas en la incertidumbre del encuentro, en la duda eterna de la certeza de querer y saberse amar realmente.
              Las lenguas de ambos recorrieron las bocas ajenas hasta la saciedad, presentando una candidatura cierta a una historia de amor y locura concretada allí mismo.
              Salieron de la estación con el primer deseo complacido, con la íntima sensación de que aquello parecía ser lo que ambos habían imaginado y deseado tanto, días atrás.
              Recorrieron parte de la ciudad a pie, deteniéndose frente a tanto monumento como se les presentaba a la vista. Una agarrada de amor aquí, un beso furtivo allá, no querían ser vistos por alguien que pudiera poner en un brete a la mujer, pues en su ciudad se hallaban.
              Entraron asidos de la mano en los jardines de Villa Borghese y comenzaron a caminar entre desenfadadas risas y miradas cómplices.       
             Las fuentes murmuraban melodías de amor a su paso y los susurros que producía el transitar de sus aguas, hacía que caminaran entre espesas nubes de amor y deseo.
              Se sentaron en un banco aislado, entre arbustos repletos de rosas salvajes y juncos de río que doblaban su tallo acompañando en su movimiento el suave viento que invitaba al balanceo. A pesar de la diferencia de idioma, a pesar de su desconocimiento, sus manos y sus cuerpos hablaron por ellos en lugar de sus bocas.
              Ella se sentó encima de las piernas de él y los besos que se dedicaron provocaron en ellos toda suerte de sentimientos incontenibles, hasta el punto de que él no pudo soportar por más tiempo su deseo e introdujo con decisión su mano dentro del pantalón de ella, invitando con sus dedos al amor más sensual. Allí mantuvieron su amor durante largos minutos, sin deseo alguno de proceder a detener de ningún modo las caricias.
              Pasado un tiempo acordaron marchar hacia el hotel de él para amarse sin trabas y sin testigos, con total plenitud y sin interrupciones de ningún tipo.
              Resultó ser un día completo de amores y pasiones cristalizadas entre las sábanas de la cama. También lo fue cuando, cabalgando en la silla sin brazos de la habitación del hotel, pudo ésta comprobar como una auténtica y muda testigo de la inmensa pasión existente entre ellos, los cientos de gemidos de placer que se escucharon solo allí, y de los sudores y humores entremezclados de amores convertidos en historia viva.
              Acontecieron innumerables los encuentros físicos en tan corto espacio de tiempo, siendo los últimos los más celebrados por la íntima conexión que se había establecido. Todo se desarrolló según lo hubieron imaginado, más placentero aún. Sus cuerpos aparentaron mejor resultado de lo que supusieron y el placer que ambos se otorgaron, mayor de lo prevenido.
              El día llegó a su fin tras tanta pasión desprendida y ella tuvo que volver obligatoriamente a su hogar, lamentando profundamente el hecho de tener que abandonar en esa noche, a quien había provocado en su vida un auténtico terremoto emocional.
              La despedida resultó ser un terrible drama. Ambos lloraron en el pecho del otro su dolorosa separación. Difícil sería volver a encontrarse de nuevo. Las manos de ambos se deslizaron una sobre la otra cuando el momento del adiós se hizo inevitable. Sus ojos no se separaron hasta que al final del tiempo, las dos miradas se perdieron de vista.
              Él volvió a París al día siguiente. Cogió el avión de regreso y miró a través de la ventanilla cómo la aeronave elevaba su vuelo por encima de la “ciudad eterna” y creyó ver entre las escasas nubes que el cielo reunía esa mañana el rostro sentido de su amada.
              Ahora, uno piensa en el otro a cada momento, soñando en una nueva oportunidad en la que poder amarse de nuevo. Siguen enviándose faxes y correos electrónicos dónde se apuran acuerdos comerciales y consolidaciones contables, a la vez que una multitud de besos y suspiros apasionados disfrazados entre asientos económicos y frías cifras numéricas.
              Las llamadas no son habituales entre ellos y la empresa felicita sus logros y les premia ahora con ascensos merecidos. Pero ellos admiten los honores con el interés justo y limitado, pues sus verdaderos anhelos transitan asidos de la mano por las calles de Roma, y sus sueños coinciden en el punto de recrear de nuevo ese encuentro que un día tuvieron y que tanto disfrutaron, una cita que les marcó de por vida y les enseñó por unas cuántas horas, cómo tiene que ser el amor verdadero y la pasión infinita, algo que ni tienen ni tuvieron jamás en sus vidas cotidianas, aunque el amor en sus hogares siga siendo algo que en el fondo aparenta ser, lo que ni mucho menos pueda ser mínimamente parecido.

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