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lunes, 9 de noviembre de 2015



(Un inquietante relato en 3 actos)

EL TRAZO FINAL 

            “No hay miedo más grande que el que se siente 
              cuando no se siente nada”


                         A la primera persona (ALEJANDRO SANZ)
                


                                 











"SEGUNDO ACTO" ...




... Me viene a la cabeza un fugaz pensamiento de libertad y me digo que no es momento de asomarme a la ventana y aspirar a ella. Hay que esperar un poco más. No debo correr ningún riesgo cuando vaya a intentarlo. Sé muy bien que es imposible retirar ahora el sello hermético que puse y también soy consciente, de que restan para estar seguro algunos trazos que incorporar a la pared
     ― Es tanta la impaciencia que me consume.
Nada arreglo no obstante, si caigo presa de la ansiedad. Debo dejar de pensar en ello de manera inmediata.
    ―Un día más, un día menos―es el mantra en el que me zambullo cuando la debilidad y la duda me visitan.
   Pero con cada nuevo amanecer en la casa me resulta mucho más difícil lograrlo. Descubro con horror cómo menguan las fuerzas y se diluyen implacables.
    Sé que esa sensación es similar a la odisea que padece el ciclista que sube la montaña a lomos de su bicicleta. En las últimas rampas del escarpado ascenso, detecta cómo le acomete el cansancio y el ácido láctico a su cuerpo. Nota que algo le impide regular la respiración y mover las piernas. Ya no podrá disfrutar de la llegada al alto. La vista del ciclista se nubla entonces y procede de inmediato a la renuncia al esfuerzo. La cumbre parece alejarse de él con cada pedalada.
     Así pues, no le queda otro remedio que echar pie a tierra, rindiéndose ante la evidencia y la imposibilidad de sobrevivir a la interminable subida.
   Mi piruvato, a diferencia del que posee el deportista, se halla controlado y en las dosis adecuadas. Pero yo no necesito realizar ese tipo de esfuerzo para tener la misma sensación que él; en lo referente a mi ánimo y a mis esperanzas las veo desfallecer con cada minuto transcurrido, evaporarse de la misma manera como lo hacen las energías del ciclista.
  Mi cabeza es un torbellino de emociones. Puedo pasarme las horas muertas recordando los buenos tiempos, las risas y el desenfado con el que afrontaba antiguas etapas de mi vida. También, los retazos de mi pasado que deseo olvidar. Asumo entonces: “lo comido por lo servido, nada que ganar.”
   Y al pasar de una evocación a otra, Max arruga su hocico y mueve con pesadez su poderosa osamenta. Detecto en ese movimiento algo maligno, infernal diría yo. Logra meterme el miedo en el cuerpo.
   Me pregunto por mi mujer y mi hija. Intento adivinar si ellas están pensando en mi en este preciso instante o si por el contrario, ninguna de las dos puede pensar ya en nada. Porque cuando uno se encuentra físicamente muerto, no puede fijar su mente en ningún recuerdo, ni recuperar imagen alguna. Si se está muerto no se está ya capacitado para sentir absolutamente nada
  ―Qué obviedad parece esta reflexión que me acomete.
  No puedo asegurar nada al respecto. Tampoco puedo obtener respuesta de alguien que me pueda sacar de dudas. Mi mujer, mi hija. Hace tanto tiempo ya de ese último contacto...
  De las cinco habitaciones de la casa solo puedo permitirme el acceso a cuatro de ellas. La quinta ha quedado inutilizada por el impacto de una inmensa roca que le cayó encima. Vivir en la ladera de una montaña y haber padecido el demencial siniestro que se produjo, tiene eso. La capa de polvo y el aire enrarecido y contaminado que entran por el hueco perpetrado por la piedra, habrían consumido mi vida de haberlo intentado. La cinta aislante resultó providencial.
    Para borrar de mi mente los malos augurios, decido levantarme de la butaca e ir a por unos cubitos de hielo.
   ―El whisky caliente acaba siempre por producirme náuseas y malos “rollos”.
   Cuando apoyo mis manos en los brazos del sillón e intento levantar mi cuerpo, la luz de la bombilla comienza a parpadear. Incrementa por un momento su brillo y luego lo mitiga, sin saber al parecer a qué atenerse.
  ―Ahora me apago, ahora me enciendo ―manifiesto en voz alta―. Parece juguetear conmigo y con mis nervios. La muy canalla.
   Acaba finalmente por asegurar la incandescencia del filamento y mantenerse encendida, mas el detalle vivido me recuerda la extrema situación en la que se halla el generador. Se le está agotando el combustible y he vaciado la última garrafa de queroseno que restaba en el anterior abastecimiento
 ―¿Qué cantidad puede quedarle al depósito entonces? ¿Para una hora de consumo? ¿Para media? ―me acucia la respuesta que no puedo brindarme.
   Max sigue atentamente mis movimientos, con su cada vez más siniestra mirada. A pesar de haberme levantado me convenzo de que ya no me apetece beber más whisky. Por eso me dejo caer de nuevo en el sillón, apoyando la cabeza en el respaldo.
    ―¿Cómo hemos llegado a esta situación? Nunca he sabido la verdadera razón, y lo peor de todo esto, es que no creo que vaya a conocerla nunca ―. Me restan a estas alturas demasiadas incógnitas por resolver.
    Un fuerte olor a orina y excrementos inunda el aire. Me obligaré a reforzar la cinta aislante que he aplicado a las juntas de la puerta del baño. La única misión que persigue el revestimiento ―aunque al parecer resulta imposible su logro― es impedir que se muestren las rendijas por las que se cuelan las inevitables pestilencias.
   El cuarto de baño ―que antaño cumplía una función higiénica y sanitaria como cualquier otro― ha perdido por completo su cometido. No hay agua corriente. Tampoco puedo abrir la ventana al exterior. A estas alturas, da lo mismo que haya taza o desagües entre sus cuatro paredes. El agua hace tiempo que dejó de fluir por los grifos y los detritos y las heces lo desbordan todo.

   Max y yo compartíamos soledad y podredumbre, una existencia miserable. Aunque todo apunta a que lo habremos de soportar ya por poco tiempo...

                                                                  fin del segundo acto

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