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domingo, 3 de febrero de 2013



(¿Qué se siente al mirar de frente a la muerte?)


 

        Fragmento del libro


EL ÚLTIMO HOGAR
 QUE NOS QUEDA

                         

          Faustino Cuadrado




        Nunca me detuve a pensar lo que podría llegar a sentir al tener frente a mi la negra boca de un arma de fuego.
        Ahora ya lo sabía. Ahora conocía el regusto amargo que te deja en la boca saber que delante tuyo se encuentra la promesa de una muerte cierta, el último peldaño de la escalera que habría sido hasta ese momento tu vida física.
        No me encontraba a solas, me hallaba en compañía de otra mucha gente, de amigos y de enemigos, y sin embargo, la agobiante soledad de ese definitivo instante, se me vino por un momento encima como una losa terriblemente pesada.
       El arma giraba de un lado a otro, como negociando el destino de la bala que en breve escupiría, mas, al parecer, sus oscuras fauces aún no habían decidido la víctima a quien engullir de manera definitiva.
        Resultaba fácil repasar en esos momentos la trayectoria de tu vida, la rápida enumeración de las personas que lo han compartido todo contigo, y la de aquellas otras que se marcharon sin la posibilidad de revisar las suyas.
       Era muy fácil, porque todo lo que ocurre en esa experiencia vital, sucede como si viajase a cámara lenta, con una lentitud insoportable y llena de miedo y tensión, de una morosidad inexplicable.
         Así, con esa cachaza que imprime el instante, tus ojos se sienten capaces de ver lo que nunca habían logrado percibir, tus oídos consiguen captar las palabras y sonidos para los que nunca habían estado preparados, y tu mente, tu mente y tus recuerdos se agolpan en el interior de tu cabeza y navegan a la velocidad del sonido, inundándolo todo.
       Quien portaba la pistola tenía la mirada de aquel que está completamente decidido a consumar aquello que le trajo aquí, de aquel que no tiene la más mínima intención de mostrar asomo de piedad alguna, ni una migaja de la humanidad que un día tuvo.
       Sus ojos de frío acero, no demostraban nada más que una firme determinación por llevar a cabo aquello que traía en mente, grabado con fuego y sangre, y para terminar con bien, el tan deseado cometido que le llevó a presentarse esa noche en el restaurante con sabor rumano que nunca había visitado antes.
       Mi corazón me decía, y mis huesos, y mi piel, que sería yo y no otra persona la que acabaría allí sus días, y si bien, cualquier ser humano que se encontrara en esa tesitura estaría completamente horrorizado ante tal posibilidad, juro por Dios que mi espíritu se encontraba en medio de la más absoluta calma, rebosante de esa paz que sólo se les presupone a los inocentes y a los puros de corazón.


Copyright  Faustino Cuadrado