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martes, 13 de noviembre de 2012

Instantánea del Delta del Danubio en Constanza (Rumanía)

Fragmento del Libro


"EL ÚLTIMO HOGAR QUE NOS QUEDA"    por  Faustino Cuadrado



         Tomis o Constanza (lo mismo da pues hablamos de lo mismo) se halla en los confines del Danubio, en la antigua provincia romana de la Moesia, junto a la desembocadura que los propios de entonces, denominaban la del “Histro de los siete brazos”, ciudad de “paisaje desértico, estepa con ausencia de agua potable y pocos alimentos, helada y en permanente pie de guerra con bárbaros hostiles” tal y como consideró describirla en sus personales escritos, el propio Ovidio.
         Bien es cierto que al final de todo y pese a todo, a esta tierra el romano insigne llegó a amarla profundamente, de una manera sumamente especial, con el mismo sentimiento y dedicación de la que sólo pueden hacer gala los poetas entregados y sublimes cuando aman con todos los sentidos a una mujer, a una madre o a una hija.
         La quería como resultado de sus propias tradiciones, por su condición de dura y violenta como pocas y al mismo tiempo, por ser tan sensiblemente pasional y eterna en sus numerosas desgracias y en sus cuantiosas bondades.
        Un territorio en el que convivían hermanadas, un mosaíco de leyendas resueltamente terrenales y heróicas por su condición humana, como aquella que situaba allí, en esos lares, la épica aventura en la que Jasón y sus “Argonautas” hollaron profusamente su suelo, su costa y su inviolado interior, de un modo tan afanoso y empecinado que traspasó memorias y generaciones, en la afanosa búsqueda del aclamado vellocino de oro.
         Lugares únicos también, en los que Medea se enamoró perdidamente del anterior y como consecuencia de ello o a causa de ello (a veces resulta difícil establecer, si se es causa o efecto de las cosas) mató violentamente a su hermano y lo despedazó inmisericorde, en una increíble miriada de trozos.
         La cruenta treta efectuada por Medea, iba encaminada a entretener de esta ladina manera a su empecinado padre, el cual se oponía firmemente a su transgresor y prohibido amor por un mortal, habiendo señalado desde un principio, su completa negativa a tal relación y las consecuencias que acompañarían su incumplimiento.
         Medea había decidido de antemano no obedecer la orden y pergeñó su estrategia en base a ello, reflexionando sobre la mejor manera de entretener la mente de su padre y decidió que descuartizar a su hermano, servía a sus planes.
         La parricida confiaba en que ante tal barbarie, su iracundo progenitor, asolado y entregado por completo a la ingente tarea de recoger uno a uno, los filiales pedazos esparcidos por todo el universo, no pudiera darles alcance a tiempo por la enormidad de la misión asumida o al menos, que pudiera emprender una persecución inmediata de los fugitivos amantes.
         Así que: “a todo aquello que resulta ser eterno, le corresponden en pago, eternas palabras y distinciones”.
         En ese incuestionable y justo trato, se encuadran aquellas palabras que le han sido concedidas al insigne poeta, por la posteridad y por los seres humanos que le han disfrutado, por los insignes e imborrables recuerdos suyos en estas tierras extranjeras, que ya fueron por siempre las suyas.
           Son unas breves y sencillas frases, presentes por todos los siglos a los pies de su magnífica estatua pensante:
                     
                                   “ Bajo esta piedra yace Ovidio, el poeta.
                                      De los amores delicados, vencido por su talento.
                                      Oh, tú que paseas por aquí, si es que has amado alguna vez,
                                      reza por él para que le sea leve el sueño ”

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