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miércoles, 12 de junio de 2013





SIN LA MENOR OPORTUNIDAD



         Le tenía un temor tan asfixiante, tan enfermizo, que nunca le había entregado su voluntad ni se había atrevido con menor motivo aún, a caer postrado a sus pies por tan arrebatador embrujo.
        En más de una ocasión, “la que no tenía nombre”, había intentado seducirle a costa de lo que fuera, una y otra vez, y hasta en una tercera ocasión con el despliegue completo del arsenal de mil armas diferentes y con el uso indiscriminado de todas sus malas artes. Mas él, sublime experto en la estrategia de la evasión y del escapismo, había conseguido evitar el tan temido desenlace.
        Ella, al parecer, no se conformaba con los miles, quizá millones de exitosas conquistas, todas ellas cosechadas en el largo y fecundo intervalo de su provechosa existencia.
       Era insaciable y voraz, y el afán y la sed inagotable de novedosos logros y rotundas victorias, no podían ser mitigados más que con la consecución de futuras conquistas y nuevas víctimas propiciatorias.
        El aumento del número de damnificados en su ya voluminoso haber no colmaba su orgullo, sólo lograba saciar en parte el inmenso e insondable apetito con la que fue creada.
        Él, atento ante cualquier peligroso acercamiento de sus hechizos y de su envoltorio perfumado y embriagador, burlaba a duras penas su pertinaz acoso y su rutinaria demanda.
       Terminó por sufrir lo indecible, con cada momento en que le flaqueaban las piernas y parecían ceder irremisiblemente sus endebles defensas incorrectamente apuntaladas, y en más de una ocasión, estuvo a punto de sucumbir de manera definitiva a sus innumerables encantos.
    • ¿Por qué yo?, ¿por qué a mi persona? - se preguntaba incansable, cuestionándose los motivos que pagaban “a la que no tenía nombre” al hacerlo. Aquellas dudas y aquellas preguntas sin respuesta, le acercaban sin remisión a la paranoia más absoluta -.
    • Él, el más insignificante de todos los mortales, perseguido sin descanso por la más bella y la más aclamada, la más deseada de todas las emociones humanas.
      Su indudable grandeza y su adictivo disfrute, abrumaba a todo aquel que a ella se acercaba y respiraba a través de los poros de su cuerpo, el fragante y adictivo perfume que destilaba.
       Todo el mundo conoce, desde el más sabio de los hombres hasta el mayor de los necios, las nefastas consecuencias que su compañía y posesión generan siempre.
      Que no hay argumentación ni recursos suficientes para eludir su poderoso encantamiento, sobre todo para los más débiles de alma, para los de corazón abrumado y para los ávidos de aventura. No, ellos no tendrán nunca tanta suerte, les faltará de repente el suficiente criterio y la lucidez necesaria para poder evitarlo.
      Pero el transcurso del tiempo da paso a la fatiga, y cansado ya de tanto batallar, por su supervivencia e independencia se dio finalmente por vencido, y después de muchos años de lucha y desgaste, a su debilitado espíritu le abandonaron las fuerzas y se dejó llevar, arrojándose entregado y voluntarioso a los brazos de “la que no tenía nombre”.
     La permitió introducirse de lleno en su vida y tomar posesión de esa nueva plaza. Profanar el cuerpo virgen de un escurridizo siervo al que imponer sus sensuales condiciones y del que recibir a cambio, un oneroso e importante tributo.
    Desde ese mismo instante, a partir de ese momento, nadie podría asegurarle que lograra ser más feliz de lo que lo había sido hasta entonces, ni tampoco más afortunado. Sólo podría predecirse que sería desde aquella vital decisión mucho más humano, y se sentiría cada día más vivo.
    A raíz de esa rendición practicada, sus sentidos superarían definitivamente las barreras de color rojo y blanco y primarían sobre la razón y frente a la cabeza.
   Quedaría a merced de un nuevo universo de sensaciones, al albur del dictamen de su bajo vientre y de la profunda sensibilidad de la epidermis erizada.
    Ya no tendría freno, ya nada podría colmar su deseo si no venía acompañado de “la que siempre ha tenido nombre”.

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