miércoles, 9 de julio de 2014



SENTIRTE CERCA

          
      A tu piel de seda le diré que eriza la mía a su contacto, que sus poros de vida llenan los míos del aroma del deseo y del placer cuando ambos reviven sedientos, al rozarse de mutua necesidad.
      A tu flor roja le hablaré de la suavidad que provoca en mis labios cuando la bebo. De la excitación que resuelve en mi lengua cuando ésta se pierde entre sus pliegues de suave carne y encuentra en su camino, el lugar dónde el placer supremo habita.
    A tu mente la invito a que haga el amor con la mía, con total devastación y entrega, para que las íntimas y personales esencias y el rocío y la humedad de los dos, se condensen en gotas únicas y reales que empapen nuestros corazones enamorados.
      Viajamos de la mano, asidos con fuerza, en este trayecto pensado y planeado exclusivamente para los dos.
      Yo te llevaré dónde tú desees, tengo el mapa del mundo grabado con el punzón de deseo en la sangre. En estos momentos comienzo a tatuarme el contorno de tu mapa en mi cuerpo. Aún queda mucha piel sin tintura.
        


lunes, 9 de junio de 2014

  

 
SABES QUE LO HAGO POR TU BIEN...

 “Cuando se rasga la piel, los sueños se hacen jirones”



                                                           


             “Sabes que lo hago por tu bien” me señala siempre al oído, al tiempo que me sujeta los hombros con desmesurada fuerza pese a ser yo una mujer.
           Las palabras le brotan de los labios en un tono frío y condescendiente, por otra parte muy habitual en él. Lo hace siempre cuando afirma, a través de un glacial y paralizante susurro, que me he comportado mal y que nunca cumplo con las expectativas que se ha forjado siempre respecto de mi.
          A pesar de que a menudo me cuesta conseguirlo, no debo detenerme a pensar cuando me está hablando en el denso y concentrado aliento a alcohol que supura su boca y que tan cotidiano se me ha hecho. Solo sé que debo esmerarme en prestar toda la atención debida al sabio mensaje que siempre tiene a bien regalarme, pues de común va encaminado según sus recurrentes y acertadas palabras, a que yo pueda mejorar mi quehacer cotidiano y a cambiar mi habitual y reprochable actitud.
         Si tengo que ser sincera, estoy de acuerdo con él en casi todo, porque cuando tengo que hacer las cosas bien y no las hago, provoco en las personas que están a mi alrededor, tal y como afirma él cuando nos hayamos en público, imperdonables ridículos. Además, siguiendo con su razonable y certero mensaje, por esa especial desidia que tan a menudo asoma a mi proceder, genero con demasiada frecuencia una decepción insufrible en aquellos que tanto me quieren y se preocupan por mi.
          Ahora que me encuentro a solas y que además tengo mucho tiempo libre, ahora que estoy tumbada en la cama y sin nada que hacer salvo esperar a que pase lánguidamente el tiempo mientras mi cuerpo consume con lentitud el efecto reparador de los calmantes, quiero mostrarme de una vez por todas sincera conmigo misma.
          Deseo lograr descubrir de una vez por todas todo lo que hay de verdad en sus afirmaciones y valorar la auténtica dimensión de la necedad que se me achaca por mi culpable forma de actuar.
          Con esto no pretendo justificar mi actitud, ni edulcorar todo lo malo que de mi interior surge, tan solo pretendo intentar arreglar las cosas y amar y respetar a mi marido como él entiende que debo hacerlo.
          Quiero que él se sienta a gusto conmigo y que no tenga que regañarme nunca más. No soporto verle enfadado por culpa mía. Tengo que identificar la verdadera causa de ese negativo proceder que me acompaña y comprender por tanto, la necesidad de sus justas quejas, la lógica de su reacción para conmigo cuando todo esto ocurre.
          Porque él en su interior es intrínsecamente bueno, sé que me quiere, me lo dice todos los días aún cuando las cosas no vayan tan bien como él desearía. También sé que mira siempre por mi persona, que todo lo hace para lograr mi bienestar aunque a veces no lo parezca.
          Necesito pues ordenar bien mis ideas, necesito aclarar cómo conseguir que se sienta a gusto cuando llega a casa después de trabajar y que no tenga que estar de manera continua pendiente de mi obrar, de tener que señalarme la habitual comisión de esos errores que tanto le irritan. No deseo que deba viva enfadado en todo momento porque yo no sea capaz de hacer bien las cosas, ni de realizarlas en el momento debido, a tiempo.
          Debo convencerme entonces de que cuando me ha cruzado la cara con la mano o me ha tirado al suelo después de golpearme el estómago, no se debe de ninguna de las maneras al hecho de que no me ame, ni de que pierda el control sin una razón justificada. En esos momentos debo ser consciente de que se ve obligado a hacerlo porque yo no cumplo con la parte de mi cometido, porque nunca entiendo bien sus instrucciones y me muestro con la torpeza propia de una necia.
          He preguntado a mi madre por todo esto, he pedido su opinión de mujer mayor y experta en estas cuestiones, y ella me ha mirado con los ojos un poco velados y me ha confirmado de alguna manera que esto es asunto normal y cotidiano en los matrimonios, que si bien a veces los maridos parecen mostrarse intransigentes en determinados aspectos, es obligación exclusiva de la mujer intentar mantener el equilibrio y comprender la especial particularidad de los hombres, porque ellos son diferentes a nosotras y hemos de saber guiarnos por sus sabios consejos y soportar con estoicismo y con total comprensión sus indicaciones y sus puntuales cambios de humor.
          ― Que se les vaya la mano de vez en cuando, también tiene su lógica, hija. Están sometidos a diario a una grave y fortísima presión. El padre Tomás siempre me recuerda que Dios observa a sus hijas y valora en su justa medida la bondad y la firmeza que muestran éstas al respetar y honrar al marido aún en las circunstancias más difíciles. Ellos siempre miran por su mujer y su bienestar - me confiesa convencido - todo lo que hacen, lo hacen por ellas. Sería conveniente que nunca olvidaras esto, hija...
          Al escuchar hablar a mi madre, me viene a la cabeza cuando era yo una niña y ocurría que en multitud de ocasiones, cuando me encontraba ya acostada en mi cama, oía los quedos sollozos suyos después de recibir de mi padre, el reproche adecuado en forma de golpes propinados en rostro y cuerpo, seguramente por su bien como es mi caso, a tenor de los cuales mi madre levantaba al día siguiente la cabeza y la frente al cielo, mientras reflexionaba sobre la mejor manera de modificar su comportamiento y merecer en la siguiente ocasión que se presentara, los elogios y la aceptación del parecer de mi padre en lugar de tan dolorosos reproches.
         No sé, a veces me encuentro un poco confusa y no sé que pensar, no identifico de modo correcto en qué puedo estar equivocándome o en que puede llegar a equivocarse mi marido. Es más, escucho la televisión, la radio, y no hago más que encontrarme con opiniones de personas que se de manera positiva que entienden de esto, profesionales entrenados para aplicar su criterio en los tribunales, periodistas y políticos que opinan al respecto, que legislan, que juzgan, que señalan y suelo escuchar de sus propios labios, con sus dictámenes sesudos y documentados, que no todo es tan malo ni inconveniente, que no siempre debemos considerarnos víctimas y que los agresores lo son bastante menos, que a menudo es una reacción normal del hombre ante la especial actitud de determinadas mujeres y a la que no hay que darle la menor importancia.
          Espero que en los próximos días, antes de que me den el alta en el hospital tras el último y aciago día soportado por mi marido y por mi causa, haya podido llegar a entender todo esto que está pasando en mi vida y en la de otras mujeres como yo.
          Mi amiga Inés me asegura que debo hablarlo con algún policía, con algún asistente social que me oriente y me ayude, pues no parece ser correcto lo que me ocurre y puede ocurrir que en el peor de los casos, el asunto no acabe de la mejor manera para mi. Pero yo no estoy muy de acuerdo con ella. Yo amo a mi marido y sé que él también me ama. No quiero que pueda pensar que no le quiero como debo hacerlo y que sobre todo, crea que aún no he memorizado bien cuales son las lealtades a las que me obliga mi condición de esposa fiel y entregada.
          Debo pensarlo con detenimiento. Cuando regrese a casa tendré que reflexionar sobre el mensaje y el consejo que me ha transmitido Inés y también pensarme mucho más lo que debo y quiero hacer, pues no todo el mundo coincide en la valoración que me hace ella.
           Pero por otra parte, tengo que prestar más atención a mi marido, pues quiero creer que cada vez que él me indica algo, cada vez que se le escapa la mano y golpea con saña mi rostro o cuándo me arrastra al suelo pateándome repetidamente las costillas y el estómago, no lo hace en realidad para hacerme daño, para causarme ningún dolor innecesario. Existen muchas personas que participan conmigo de esa misma opinión ¿Por pintarme los labios el día en que él no me acompaña o por charlar con el vendedor de fruta que tan agradable y amable me resulta, eso es de mujer provocadora y de poco fiar? Debo reflexionarlo bien ...
             Quiero pensar que lo único que pretende con ello es mostrarme el camino correcto, para llegar a ser una ejemplar y amante esposa y que todo lo que hace conmigo lo hace por mi bien.
             Él siempre se encarga de recordarme que me ama, se acuerda a menudo de traerme flores y me llama a casa a horas intempestivas para preguntarme cómo estoy, así que yo tengo que ser positiva en mi valoración personal y darle una nueva oportunidad de demostrarme todo lo que siempre me promete después de cada reproche, después de cada mal día.



lunes, 12 de mayo de 2014




DÍGALE...



Dígale que...aquel que no osa mirar al frente de su vista se lo pierde todo y quien no sepa entender e interpretar lo que tiene ante sí hará siempre un mal negocio.
Es el momento, es la ocasión de hacer lo que uno debe hacer y de vivir intensamente aquello que se nos ha regalado. No esperes nunca nada de la vida, pero cuándo ésta se pone en forma y decide ser espléndida y derrochadora en momento tan puntual hay que saber aprovecharse de ello, pues nunca habrá segundas oportunidades.
La casualidad suele dar casi siempre demasiados rodeos.
Déjate pues llevar por el deseo y el amor cuando estos acudan a ti y no esperes a ser viejo para comprender tu error, una vez que sea demasiado tarde. No habrás vivido entonces y habrás perdido además la única oportunidad en la que la vida te brinda la ocasión de usar el corazón en lugar de la cabeza”.

             En la ciudad de Roma, el viento y la llovizna bailaban al mismo tiempo una danza muy parecida. El agua que caía a ráfagas, fría y rabiosa, saludó la entrada en la ciudad de aquel ensimismado viajero que transitaba con la vista absorta por las desnudas salas del solitario y desangelado aeropuerto. Era demasiado pronto para el bullicio habitual y cotidiano que siempre lo acompañaba y lo vestía.
              Todavía tenía relativo tiempo por delante, aún restaban un par de horas para llegar a su destino, un destino en el que encontrarse con alguien a quien aún no conocía en persona pero a la que podía recitar de memoria cuando así se lo propusiera.
              El transporte hasta el centro de la ciudad, por la escasa distancia existente, le supuso un distraimiento mínimo en aquel extraño nerviosismo que hizo mella en su interior la noche anterior. No sabía a qué atenerse, ni cómo se sentiría al llegar y hallarse frente a aquella persona que durante tanto tiempo había ocupado la totalidad de sus noches y casi todos sus pensamientos.
              Después de intensos días plagados de dudas y temores decidió que el paso que iba a dar resultaba completamente necesario, sincero con sus íntimos deseos, también lo consideraba del mismo modo ella. Ninguno podía dejar pasar más tiempo con tal indecisión en el corazón y morir esperando la ocasión y sin poder salir de dudas.
              Aquello parecía que podría ser serio, aquello parecía que podría ser importante para ellos. Tenían que acudir a esa cita y despejar de sus mentes las ideas que velaban sus corazones y sus almas.
              Desde la ventanilla del transporte público que le llevaba hasta el centro de la ciudad, miraba ausente el urbano paisaje de los aledaños de la populosa urbe. Eran como cualquier otro suburbio de gran ciudad europea, ninguna diferencia con el resto.
              Miraba pero no veía, su mente recorría centímetro a centímetro el recuerdo del rostro de la mujer con la que se encontraría, un rostro bello y sensual que lo había cautivado desde que una fotografía de empresa cayó en sus manos.
              Y sin embargo, solo había escuchado un par de veces su voz, no habían tenido mucho más contacto verbal entre ellos pues todas las conversaciones empresariales quedaban grabadas por motivos de seguridad y desde sus domicilios... aquello resultaba aún más difícil. Nunca se atrevieron a comunicarse de manera habitual dadas las circunstancias.
              Desde su ciudad de residencia, París, no alcanzaba a ver todo lo que deseaba saber al respecto.
              La misma empresa para la que trabajaban ambos les había unido sin quererlo, fue solo a través de los correos internos y profesionales que pronto dejaron de ser compañeros de trabajo, para pasar a ser auténticos amantes virtuales. Ella fue la primera que manifestó su interés en un momento determinado, luego, tras varios días de cruce de emotivos suspiros y propuestas inconfesables, una pasión prometida les venció por completo y él se dejó llevar completamente convencido de la bondad de la idea.
               Quedaron en verse sin un motivo aparente, solo fue fruto de una especie de reto que se plantearon y que al final acabó en una cita obligada y necesaria, en una cita irrenunciable para cualquiera de los dos.
               Ella tenía dos hijas mayores, él, dos hijos pequeños. Ella era morena, con unos maravillosos ojos que aportaban un intenso brillo y belleza a su rostro. Él, alto, con buen porte. Pero ambos coincidían en una cosa, los dos habitaban una larga historia que les vestía inadecuadamente con un marido inapetente y con una esposa aburrida y despreocupada, con dos compañeros de vida que pugnaban por ver quién era más despegado y desinteresado con sus respectivas parejas.
               Habían quedado en verse en Termini, la impresionante estación de trenes. Les pareció una buena idea porque así estarían cerca de todo, de un lugar dónde poder desayunar juntos y sobre todo, en un espacio cercano al hotel dónde él se hospedaría durante su corta estancia en la ciudad eterna.
              Se habían prometido, como en un juego excitante aunque al mismo tiempo inocente, que al encontrarse se abrazarían y se besarían como si fueran dos adolescentes enamorados, a pesar de las furtivas y rápidas miradas de los transeúntes que circularían por los pasillos de la estación con esa habitual prisa inherente a la vida actual y mucho más pendientes de los horarios de las salidas y llegadas de los trenes, que de dos amantes comiéndose a besos en la estación principal de Roma.
              El expreso Leonardo le depositó en la estación después de un breve recorrido desde Fiumicino. Una vez descendió del tren accedió al vestíbulo de la estación y dirigió su mirada hacia todos los rincones del edificio. La puerta principal había sido designada como el lugar del encuentro, más en un primer momento no vio a nadie que le recordará a la persona a la que andaba buscando.
              Con mayor detenimiento formalizó un segundo vistazo y ahora sí localizó a una mujer que se acercaba a él con tímidas zancadas pero con una sonrisa plena que iluminaba su bello rostro. Su sensual movimiento corporal provocó en él un intenso escalofrío en la espalda.
              Al llegar a su altura se fundieron en un intenso y apasionado abrazo que unió sus estimulados cuerpos y disparó en vertical sus íntimos deseos, erizándoles la piel de inmediato. El abrazo duró un instante infinito. Ella se separó por un momento y agarró con premura la mano de él, arrastrándole a una esquina del edificio para quedar fuera del alcance de la vista del resto de los viandantes. Apoyo su espalda en la fría pared de piedra y le atrajo hacía sí hasta que se fusionaron en un sensual beso que les envolvió en la más absoluta de las pasiones. Se mordieron los labios y se comieron la boca, en un instante mágico que compensó todas las horas previas vividas en la incertidumbre del encuentro, en la duda eterna de la certeza de querer y saberse amar realmente.
              Las lenguas de ambos recorrieron las bocas ajenas hasta la saciedad, presentando una candidatura cierta a una historia de amor y locura concretada allí mismo.
              Salieron de la estación con el primer deseo complacido, con la íntima sensación de que aquello parecía ser lo que ambos habían imaginado y deseado tanto, días atrás.
              Recorrieron parte de la ciudad a pie, deteniéndose frente a tanto monumento como se les presentaba a la vista. Una agarrada de amor aquí, un beso furtivo allá, no querían ser vistos por alguien que pudiera poner en un brete a la mujer, pues en su ciudad se hallaban.
              Entraron asidos de la mano en los jardines de Villa Borghese y comenzaron a caminar entre desenfadadas risas y miradas cómplices.       
             Las fuentes murmuraban melodías de amor a su paso y los susurros que producía el transitar de sus aguas, hacía que caminaran entre espesas nubes de amor y deseo.
              Se sentaron en un banco aislado, entre arbustos repletos de rosas salvajes y juncos de río que doblaban su tallo acompañando en su movimiento el suave viento que invitaba al balanceo. A pesar de la diferencia de idioma, a pesar de su desconocimiento, sus manos y sus cuerpos hablaron por ellos en lugar de sus bocas.
              Ella se sentó encima de las piernas de él y los besos que se dedicaron provocaron en ellos toda suerte de sentimientos incontenibles, hasta el punto de que él no pudo soportar por más tiempo su deseo e introdujo con decisión su mano dentro del pantalón de ella, invitando con sus dedos al amor más sensual. Allí mantuvieron su amor durante largos minutos, sin deseo alguno de proceder a detener de ningún modo las caricias.
              Pasado un tiempo acordaron marchar hacia el hotel de él para amarse sin trabas y sin testigos, con total plenitud y sin interrupciones de ningún tipo.
              Resultó ser un día completo de amores y pasiones cristalizadas entre las sábanas de la cama. También lo fue cuando, cabalgando en la silla sin brazos de la habitación del hotel, pudo ésta comprobar como una auténtica y muda testigo de la inmensa pasión existente entre ellos, los cientos de gemidos de placer que se escucharon solo allí, y de los sudores y humores entremezclados de amores convertidos en historia viva.
              Acontecieron innumerables los encuentros físicos en tan corto espacio de tiempo, siendo los últimos los más celebrados por la íntima conexión que se había establecido. Todo se desarrolló según lo hubieron imaginado, más placentero aún. Sus cuerpos aparentaron mejor resultado de lo que supusieron y el placer que ambos se otorgaron, mayor de lo prevenido.
              El día llegó a su fin tras tanta pasión desprendida y ella tuvo que volver obligatoriamente a su hogar, lamentando profundamente el hecho de tener que abandonar en esa noche, a quien había provocado en su vida un auténtico terremoto emocional.
              La despedida resultó ser un terrible drama. Ambos lloraron en el pecho del otro su dolorosa separación. Difícil sería volver a encontrarse de nuevo. Las manos de ambos se deslizaron una sobre la otra cuando el momento del adiós se hizo inevitable. Sus ojos no se separaron hasta que al final del tiempo, las dos miradas se perdieron de vista.
              Él volvió a París al día siguiente. Cogió el avión de regreso y miró a través de la ventanilla cómo la aeronave elevaba su vuelo por encima de la “ciudad eterna” y creyó ver entre las escasas nubes que el cielo reunía esa mañana el rostro sentido de su amada.
              Ahora, uno piensa en el otro a cada momento, soñando en una nueva oportunidad en la que poder amarse de nuevo. Siguen enviándose faxes y correos electrónicos dónde se apuran acuerdos comerciales y consolidaciones contables, a la vez que una multitud de besos y suspiros apasionados disfrazados entre asientos económicos y frías cifras numéricas.
              Las llamadas no son habituales entre ellos y la empresa felicita sus logros y les premia ahora con ascensos merecidos. Pero ellos admiten los honores con el interés justo y limitado, pues sus verdaderos anhelos transitan asidos de la mano por las calles de Roma, y sus sueños coinciden en el punto de recrear de nuevo ese encuentro que un día tuvieron y que tanto disfrutaron, una cita que les marcó de por vida y les enseñó por unas cuántas horas, cómo tiene que ser el amor verdadero y la pasión infinita, algo que ni tienen ni tuvieron jamás en sus vidas cotidianas, aunque el amor en sus hogares siga siendo algo que en el fondo aparenta ser, lo que ni mucho menos pueda ser mínimamente parecido.

                                                                        Copyright © faustino cuadrado


miércoles, 19 de marzo de 2014




QUE SUENE “LA CUMPARSITA”

                                                               por Faustino Cuadrado



           Cuánto tiempo ha pasado desde entonces. Cuántas dolorosas penas y qué menores alegrías se sucedieron en este intervalo de escasez y bonanza a partes desiguales. Porque no siempre fue lo mismo, no siempre acudieron presurosas a mi las buenas nuevas si bien no deberé quejarme en exceso.
           ¿Diez años ya? Todo un mundo, toda una eternidad en esta vida que nos ha tocado ¿disfrutar?... porque diez años son más que suficientes para sumar con lo que nos ocurre a diario, la adición de todo lo vivido desde entonces da para mucho.
            Diez años es para celebrarlo, pero no porque te hayas marchado durante todo ese tiempo, sino por haberte conocido y disfrutado antes durante muchos más, tantos que mis recuerdos transitan recreando el tiempo y decido entonces que fui feliz por poder haberlo hecho a lo largo de tantos años, por haber participado activamente de tu vida y tú de la mía.
            Tú, que cualquier cambio te provocaba un dolor de cabeza insufrible y que al final esa variación por pequeña que fuera, lograba que siempre mantuvieses la mirada fija en el blanco horizonte de la pared, sentado en tu sillón favorito después de llegar del trabajo, quién sabe si rumiando lo que eso de molesto significaba para ti, o simplemente permitiendo que el incesante goteo del tiempo diera paso a lo inevitable, entregándote en soledad y de esa manera tan personal a esa certeza, mientras tu franca mirada vagaba así, como perdida.
            Recuerdo bien tu mano firme al cruzar la calle cuándo bajábamos a ver el fútbol las mañanas de los domingos. La imagen del eterno bocadillo de sardinas en aceite, esos tragos de cerveza que tan fría nos servían y que calmaban la sed del pan y el aceite del almuerzo. No tenía edad para ello pero estábamos bien, estábamos juntos, éramos uno solo.
           Y qué me dices de esa noche de invierno en la que me encontraba un poco apurado cerca del portal de casa y tú llegabas cansado del trabajo. Te diste cuenta de inmediato y pusiste manos a la obra, es que eran tres contra mi y me tenían acorralado. Sacaste tus buenas maneras y decidiste que no era justa la contienda, que de uno en uno sería lo más honrado, lo más cabal, y ellos entendieron que si me querían zurrar tendrían que hacerlo de uno en uno y yo así sí estaría preparado y listo para lo que fuera, hasta para perder. Pero solo hubo una pelea y yo la gané, los demás desistieron de su empeño visto lo visto y yo también lo hice después en años posteriores pues jamás volví a pelear con nadie más, entendí que nunca ha sido inteligente hacerlo.
          Pausado y silencioso, siempre lo fuiste; taciturno a veces y disparatado otras, las menos, solo cuándo te encontrabas a gusto entre iguales e inmerso entre tu grupo de personas afines. Todos coincidían en lo mismo, simpático, serio, responsable...
         Conmigo y con la niña, siempre pendiente, orgulloso de nosotros pero sin mostrarlo apenas. La condición de hombre pesó mucho siempre en ti, así era la educación que recibiste como tantos otros de esa nefasta época franquista.
         Los besos y los arrumacos no eran lo tuyo, nosotros lo sabíamos y te lo perdonamos desde el principio.
          "Niño, pon La Cumparsita - me invitabas- dame ese gusto anda, que llevas mucho tiempo con esa otra música de locos...” y yo lo hacía a regañadientes, aunque en verdad no me importaba nada darte ese gusto.
         Cuidaste bien de mi, cuidaste bien de nosotros. Ninguna prodigalidad, ninguna extra limitación económica que bien sabíamos que no podías permitírtela. Los únicos excesos por ti cometidos fueron los abusos del trabajo, tantas horas le fueron robadas al sueño y también a tu mujer, tantas horas que nos fueron hurtadas a todos nosotros.
           Al principio solo eras grato recuerdo de mis domingos soleados, de las fiestas de guardar, pues a las horas de la tarde nunca pude asociarte y a las de la cena, vagamente las recuerdo. El trabajo y a su dedicación completa dedicaste gran parte de tu vida: “la necesidad obliga y a mi, a mi me obliga más...” decías a menudo.
           Momentos dulces pasaron y otros de ingrato sabor amargo te acometieron.     
             Tus escasas risas fueron remitiendo paulatinamente, el paso de los años y las pesadas cargas padecidas abovedaron tu espalda. Las arrugas de la frente se marcaron como surcos recién arados y las ausencias en el habla y en la comunicación se hicieron cada vez más latentes y repetidas.
            Nadie supo interpretarlas, tampoco las hubieras traducido a nadie de habértelo preguntado.
             Los años viajaron excesivamente rápido, independencia, cercanía, ausencia y el mundo y su cambio lo viste pasar desde lejos, ubicado y pertrechado a la puerta de tu casa y sentado en una silla, como lo hacen las gentes de los pueblos que parece que nunca esperan nada ya, mientras la cálida noche del verano les acaricia el rostro bajo la pálida luz de la luna nueva.
          Viajaste, bailaste, viviste, bailaste, jugaste al mus, bailaste. Siempre emparejado, siempre dispuesto para lo que se necesitara.
          “Pon La Cumparsita ahora”, me decías en las nocheviejas de fiesta permanente en el salón de nuestra casa, llena a rebosar de vecinos y de familia cercana en maravillosa y feliz armonía.
             Y brillaba entonces ese tango que resuena melódico en mis oídos desde que habitaba en la cuna, transitando en el viejo tocadiscos de madera y vibrando en la aguja cuando ésta daba vueltas y vueltas sobre los surcos del vinilo negro y desgastado.
            A mi comenzaron a gustarme sus notas desde el principio y hasta desde siempre si no me equivoco.
            Luego vinieron los días en los que llevabas a mi hijo junto a las vías del tren para verlos pasar a toda máquina y disfrutar disimulado de su grata compañía.
           Tu tiempo era ya libre del todo, nada te ataba a ningún horario y sin embargo te ataste tu mismo a ello, quizá porque con él si te gustaba hablar, porque seguro que él te entendía mejor que ningún otro, porque parecía ser que os comunicabais a través del mismo idioma. Él a veces me lo recuerda, me muestra emocionado el contenido de vuestras conversaciones y rememora al tiempo el estridente chirrido de los trenes a su paso bajo el puente.
           Le hablaste en tus propios términos de tu posguerra particular, como lo hiciste conmigo cuándo era pequeño y hubo un cierto tiempo para dedicarme.   También le pusiste tras la pista del hambre que padeciste en esos tiempos, de las miserias que viviste y de las que vivieron otros que conociste, de lo duro que resultó estar allí cuándo se produjo todo. Le amenizaste la infancia con chistes divertidos y soportaste su peso encima de las rodillas mientras él te sujetaba la cara y te pellizcaba las orejas. Le quisiste mucho, como a todos nosotros.
           Diez años ya y tus arrugas perennes comienzan a ser ahora las mías. Las heridas del alma que un día se cerraron convenientemente ahora se abren en mi por tantas cosas como surgieron en estos años. A veces te hablo, a menudo te siento cerca de mi, pero esos años no se dan la vuelta, no regresan de ningún modo.
            El día que nos despedimos contempla una señal luminosa en mi calendario. Tú lo sabías y yo también lo supe, pero no nos importó tanto pues los dos supimos que había llegado el momento.
            Tampoco había muchas más palabras que decir cuándo no las hubo antes, lográbamos comunicarnos a la perfección tan solo con mirarnos a los ojos.
             Agarré con fuerza tu mano y besé tu frente, sentía que estabas tranquilo y en paz contigo y con todos nosotros. La sonrisa que me brindaste se fue apagando al mismo tiempo que los pitidos de la máquina, con una serenidad encomiable, con inusitada templanza, tal y como habías vivido siempre.
             “ Ponme una vez más La Cumparsita “ anda, por penúltima vez.
            Esta vez fueron solo mis gratos recuerdos los que me lo sugirieron, fueron solo las imágenes de unos años pasados que ya nunca volverán, que solo pasarán por mi mente de vez en cuando. Pero bien sabemos todos que esos recuerdos casan mucho mejor con un buen tango, con el mejor de los tangos para mi padre, con las intensas y desgarradoras notas de “La Cumparsita” resonando en un viejo tocadiscos de la prehistoria que arranca con amargos quejidos cada vez que comienza a girar el negro vinilo que lo contiene.
              A veces, cuando estoy solo y nostálgico, escucho emocionado los bellos compases de “La Cumparsita”, ese querido tango que siempre consigue traerme unos bellos y gratos recuerdos.


copyright©faustino cuadrado


martes, 25 de febrero de 2014




ME HACES FALTA, MUCHA FALTA


             Un pasado y lejano día alguien me dijo en privada confianza que la auténtica valía de las personas y su verdadero e innegable carácter serán mostrados al mundo y con total espontaneidad, cuando más difíciles sean las circunstancias que exijan y motiven su puesta en escena.
             Pocas veces en nuestra escueta existencia tenemos la inmensa suerte y la posibilidad de participar y disfrutar de la vida de aquellos que enseñan y muestran tantas cosas bellas y reparadoras, como uno jamás imaginó que podrían darse.               
              Seres que te dan a probar y disfrutar con su especial contacto, esos sabores y sentimientos únicos e inolvidables que llevan impresos en su alma y que jamás se nos hubiera ocurrido pensar en la realidad de su existencia, de no haber irrumpido con tal fuerza en nuestras vidas. Lo desconoceríamos todo si no hubiéramos podido hablar y compartir con ellos sus sencillos sueños y sus grandes esperanzas.
              Pues yo conozco a alguien de esta madera y debo decir que existen de verdad espíritus así, doy fe de ello. Yo tengo la fortuna y el sentido placer de poder participar ahora en esta etapa presente de su vida y desde luego, convenir por completo en el hecho de que ella forma parte principal de la mía.
              Que me enamora su fortaleza y su espíritu, su alma indómita y apasionada, sus ojos claros y límpidos y su sincera mirada, aquella que traspasa la frontera de la fotografía y penetra en tu corazón dotándole de paz y armonía.
             Tengo la íntima satisfacción de saberme querido y respetado por ella, de percibir en mi interior su cálida y acogedora cercanía en cada momento en el que nos comunicamos y su fortaleza y su carácter indómito a cada minuto que paso sin tener noticias de ella.
              Ese ser magnífico y único se halla inmerso en una lucha incansable por su vida, en una batalla física y emocional en la que intenta vencer las graves y terribles circunstancias que tiene en contra y lo hace con la frente despejada y la mirada orgullosa al frente, con una perenne sonrisa dibujada en los labios.
              Es una criatura bella y maravillosa, es un alma libre e independiente que vela por sus amigos y disfruta con cada día de amor que le regala la vida, como si éste pudiese llegar a agotarse en algún momento. No, María Angélica, nunca lo hará, siempre tendrá suficiente para ti.
               Ella regala de continuo fascinantes sonrisas y cariñosas palabras de apoyo a quienes le rodean, cuando debiera ser ella la única receptora de la atención de las mismas.
              Esa linda mujer que un día surgió de entre las brumas de mi vida, levantando la mano y saludando mi compañía, celebrando y agradeciendo como nadie lo hizo nunca mis palabras de apoyo y cariño y convenciéndome de que éstas resultaban ser mágicas para ella y que le hacían mucho bien, que le prestaban la compañía suficiente que ella siempre deseó y necesitó de quién le rodeaba en cada momento.
                Ese ser maravilloso que me regala mariposas que surcan prestas el océano en mi busca para agradecérmelo todo, para firmar con su llegada el acuerdo de una cena futura en la que disfrutar ambos de su victoria, del éxito final de su cruzada. Una cena en la que al mirarnos fijamente a los ojos, yo podré ver ya reflejado en ellos su esquiva felicidad y la firme esperanza de que le devolverá su brillo y yo seré testigo de ello.
                Daré siempre gracias al destino que la puso en mi camino y nunca me cansaré de hacerlo porque ella me ha hecho y me hará siempre mejor ser humano, mucho más sentido y apasionado por la vida.
               Esperaré siempre con ilusión su recuperación total, su futura visita, sus gratas palabras y sus maravillosos gestos que aún no conozco, todo cuando haya vencido sus duras batallas y reconquistado el reino que persigue desde hace mucho tiempo.
               Su mirada de un azul sobresaliente será un alivio para mi espíritu cuando se pose en mi y el paseo por las calles de mi ciudad, sin prisa y agarrados de la mano bajo la radiante luz de la luna llena, será ese supremo placer fruto de una promesa cumplida y de un sueño realizado.
              Te espero impaciente, no tardes mucho. Sana y cierra pronto tus heridas y sal al mundo de nuevo, pues hay quienes lo deseamos de todo corazón y ardemos de impaciencia por ello.
               Piensa que al fin y al cabo, nos haces falta, mucha falta.

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sábado, 15 de febrero de 2014





Lágrimas de duelo


        Hoy me he despertado rebosante de lágrimas, lágrimas de dolor y duelo, mas las perlas de agua salada y sentimiento, no partían de mis ojos, brotaban de un alma encharcada por la pena y la tristeza.
       Si partieran de los ojos podrían mitigarse, un pañuelo, una manga del abrigo, un mano amiga y unos dedos cariñosos podrían enjugarla.
      Pero las lágrimas del alma no tienen remedio, no hay solución material ni posible que las libere de su pena, de la grave aflicción que las produce.
       Hoy me he levantado sin fuerzas, sin ilusión alguna.
       Hoy me hubiera convenido abrir los ojos y volver a cerrarlos con fuerza, sin dejarme pensar en nada que tuviera que ver con levantar la sábana y arrojar las piernas al suelo.
        Este amanecer frío y gris, tan sucio de color y fealdad intrínseca, me adentrará por completo en las malas noticias que han de venir y en los inevitables quebrantos que a mi ánimo, ya de por sí maltrecho, terminarán por otorgarle la estocada final y definitiva.
        Todo se viene abajo, como la hoja del roble que sufre el desgaste del paso del tiempo.
        Nada perdura, nada se mantiene, ni siquiera el amor infinito o el amor eterno.
        Todo son trampas letales escondidas en los bordes del camino, en las propias ramas de los árboles que nos flanquean y que pretenden equivocadamente darnos solo inocente sombra.
        Tengo el corazón helado, como mis manos, sin que el terrible frío que siento pueda separarse de mi a base de mantas o infusiones calientes.
        Éste es un frío diferente, es un frío venido de muy dentro que no se mide en grados centígrados ni en vaho brumoso que surge de nuestro aliento. Es un frío atemporal, terrorífico cuando te visita y que te deja sin fuerzas y completamente encogido, sin propósito ni posibilidades de defensa frente a su doloroso soplido.
        Y a mi me ha visitado y ha jurado quedarse conmigo para siempre, pues ya me amagó en otra ocasión anterior y si bien, me perdonó a última hora, creo que en estos momentos no muestra ningún afán por marcharse.
        Tengo frío, mucho frío, y miro alrededor y no veo nada ni a nadie que pueda atemperarlo.
        Estoy solo en esto, como siempre lo estuve. A mi me toca afrontarlo en completa soledad, a mi me toca sufrirlo como a tanta y tanta otra gente que se encuentra en mi mismo estado, perdida y sin rumbo, a solas con sus promesas de sueños incumplidos y de sueños rotos que alguna vez fueron del color del oro.

viernes, 13 de diciembre de 2013

UNA DIOSA SE ENAMORÓ DE MÍ



Fragmento del libro

"VOCES DE INTERIOR Y LO QUE LA PIEL RESPIRA"









UNA DIOSA SE ENAMORÓ DE MI

por Faustino Cuadrado


            Es difícil de explicar lo que ocurrió a quién no lo pudo ver por sí mismo. Es complicado de aceptar, cuando los ojos de los demás han de hallarse apartados de un hecho tan inusual como lo es ese, por las malsanas envidias que llegará a provocar y por los celos ofuscados que generará por tanta mala baba como hay suelta. Solo acertará este milagro a confortar el alma de los que sí lo aceptan y lo celebran como si les hubiese ocurrido a ellos.
            La diosa vino a mi sin previo aviso, sin llegar yo a imaginarlo siquiera por ser ya tan tarde y por haberse consumido gran parte de la vela de mi vela.
            Desde la espalda de la luna, dónde las hadas y las leyendas preparan en secreto sus historias, cuando más brillante estaba la cúpula del cielo por tanta estrella cómplice la diosa extendió una mano suave y tierna hacia mi, impregnada de fragancias de menta y romero y me tocó suavemente el rostro, con la íntima dulzura que solo las diosas saben imponer a sus actos.
            Y yo, pequeño mortal anhelante de cuánta magia pueda dispensarme la vida, levanté la vista para comprobar quién era quien me tocaba con dedos de amor y aliento de brisa de mar, y quedé cegado por la belleza que descubrí en su rostro y por el inmenso amor que me trasladaban sus ojos.
              En un ser humano abatido de amor quedé convertido. La arena ardiente bajo mis pies dejó de quemar mis plantas y el abatimiento que me acosaba desde tanto tiempo atrás, desapareció a través de los poros de mi piel como por ensalmo.
             Miré mis manos y mis piernas y las vi recompuestas de anteriores trabas y de escaras de amores muertos. Mi cara se reflejó, a pesar de la oscuridad reinante, en la misma piedra pulida con la que anteriormente tantas veces había tropezado, y todas juntas, todas esas señales inequívocas que me ilustraban, me advirtieron de la inminente llegada de la felicidad soñada, de la arribada del gran amor de mi vida que tanto tiempo había esperado.
            La diosa de la Luna abrió la boca y sus labios sensuales y húmedos susurraron mi nombre, acariciaron mi oído con su leve roce. El cielo se abrió de par en par entonces y la mujer más bella que nunca hubiese imaginado poder observar, deslizó su divino cuerpo por entre los escasos nimbos blancos y algodonosos que jalonaban la noche, en dirección a mi con los brazos abiertos, hambrientos de mi cuerpo y dispuestos para el feliz abrazo que me ofrecían.
             Yo no puse barrera alguna entre su camino y mi persona y abrí mi camisa dejando mi mortal pecho al descubierto, pues mi eterno sueño largamente forjado en lo más recóndito de mi corazón había comenzado a materializarse.
             Me esperaban cálidas noches de ensueño y hermosos días de auténtica gloria, pues la diosa se me había manifestado, prometiéndome entre besos tiernos y pausadas caricias su amor eterno. Yo le creí sin dudar y puse en sus manos todo el amor que poseía, lo derramé a paletadas y vacié de escombros las alforjas de mi corazón en sus ojos claros y en su piel de seda y gasa.
              Ahora soy un hombre nuevo, que ama a una diosa con locura total de la que no me arrepiento y que se siente amado de igual manera por ella misma. Una diosa, que al parecer, solo vino a este mundo a cumplimentar mi llamada, a dotarle de una vida infinita al sueño de un mortal caducado pero ahora señalado por la fortuna, un mortal que soy yo y con el cual me identifican.
              Mi vida ya no me pertenece, pues se la entregué a quién vino desde la espalda de la luna a iluminar mi cielo con sus haces de luz blanca y transparente, con su corazón de ahora, humano y palpitante, una vez posó los pies sobre la blanda tierra y el verde césped.
                                         
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