miércoles, 19 de marzo de 2014




QUE SUENE “LA CUMPARSITA”

                                                               por Faustino Cuadrado



           Cuánto tiempo ha pasado desde entonces. Cuántas dolorosas penas y qué menores alegrías se sucedieron en este intervalo de escasez y bonanza a partes desiguales. Porque no siempre fue lo mismo, no siempre acudieron presurosas a mi las buenas nuevas si bien no deberé quejarme en exceso.
           ¿Diez años ya? Todo un mundo, toda una eternidad en esta vida que nos ha tocado ¿disfrutar?... porque diez años son más que suficientes para sumar con lo que nos ocurre a diario, la adición de todo lo vivido desde entonces da para mucho.
            Diez años es para celebrarlo, pero no porque te hayas marchado durante todo ese tiempo, sino por haberte conocido y disfrutado antes durante muchos más, tantos que mis recuerdos transitan recreando el tiempo y decido entonces que fui feliz por poder haberlo hecho a lo largo de tantos años, por haber participado activamente de tu vida y tú de la mía.
            Tú, que cualquier cambio te provocaba un dolor de cabeza insufrible y que al final esa variación por pequeña que fuera, lograba que siempre mantuvieses la mirada fija en el blanco horizonte de la pared, sentado en tu sillón favorito después de llegar del trabajo, quién sabe si rumiando lo que eso de molesto significaba para ti, o simplemente permitiendo que el incesante goteo del tiempo diera paso a lo inevitable, entregándote en soledad y de esa manera tan personal a esa certeza, mientras tu franca mirada vagaba así, como perdida.
            Recuerdo bien tu mano firme al cruzar la calle cuándo bajábamos a ver el fútbol las mañanas de los domingos. La imagen del eterno bocadillo de sardinas en aceite, esos tragos de cerveza que tan fría nos servían y que calmaban la sed del pan y el aceite del almuerzo. No tenía edad para ello pero estábamos bien, estábamos juntos, éramos uno solo.
           Y qué me dices de esa noche de invierno en la que me encontraba un poco apurado cerca del portal de casa y tú llegabas cansado del trabajo. Te diste cuenta de inmediato y pusiste manos a la obra, es que eran tres contra mi y me tenían acorralado. Sacaste tus buenas maneras y decidiste que no era justa la contienda, que de uno en uno sería lo más honrado, lo más cabal, y ellos entendieron que si me querían zurrar tendrían que hacerlo de uno en uno y yo así sí estaría preparado y listo para lo que fuera, hasta para perder. Pero solo hubo una pelea y yo la gané, los demás desistieron de su empeño visto lo visto y yo también lo hice después en años posteriores pues jamás volví a pelear con nadie más, entendí que nunca ha sido inteligente hacerlo.
          Pausado y silencioso, siempre lo fuiste; taciturno a veces y disparatado otras, las menos, solo cuándo te encontrabas a gusto entre iguales e inmerso entre tu grupo de personas afines. Todos coincidían en lo mismo, simpático, serio, responsable...
         Conmigo y con la niña, siempre pendiente, orgulloso de nosotros pero sin mostrarlo apenas. La condición de hombre pesó mucho siempre en ti, así era la educación que recibiste como tantos otros de esa nefasta época franquista.
         Los besos y los arrumacos no eran lo tuyo, nosotros lo sabíamos y te lo perdonamos desde el principio.
          "Niño, pon La Cumparsita - me invitabas- dame ese gusto anda, que llevas mucho tiempo con esa otra música de locos...” y yo lo hacía a regañadientes, aunque en verdad no me importaba nada darte ese gusto.
         Cuidaste bien de mi, cuidaste bien de nosotros. Ninguna prodigalidad, ninguna extra limitación económica que bien sabíamos que no podías permitírtela. Los únicos excesos por ti cometidos fueron los abusos del trabajo, tantas horas le fueron robadas al sueño y también a tu mujer, tantas horas que nos fueron hurtadas a todos nosotros.
           Al principio solo eras grato recuerdo de mis domingos soleados, de las fiestas de guardar, pues a las horas de la tarde nunca pude asociarte y a las de la cena, vagamente las recuerdo. El trabajo y a su dedicación completa dedicaste gran parte de tu vida: “la necesidad obliga y a mi, a mi me obliga más...” decías a menudo.
           Momentos dulces pasaron y otros de ingrato sabor amargo te acometieron.     
             Tus escasas risas fueron remitiendo paulatinamente, el paso de los años y las pesadas cargas padecidas abovedaron tu espalda. Las arrugas de la frente se marcaron como surcos recién arados y las ausencias en el habla y en la comunicación se hicieron cada vez más latentes y repetidas.
            Nadie supo interpretarlas, tampoco las hubieras traducido a nadie de habértelo preguntado.
             Los años viajaron excesivamente rápido, independencia, cercanía, ausencia y el mundo y su cambio lo viste pasar desde lejos, ubicado y pertrechado a la puerta de tu casa y sentado en una silla, como lo hacen las gentes de los pueblos que parece que nunca esperan nada ya, mientras la cálida noche del verano les acaricia el rostro bajo la pálida luz de la luna nueva.
          Viajaste, bailaste, viviste, bailaste, jugaste al mus, bailaste. Siempre emparejado, siempre dispuesto para lo que se necesitara.
          “Pon La Cumparsita ahora”, me decías en las nocheviejas de fiesta permanente en el salón de nuestra casa, llena a rebosar de vecinos y de familia cercana en maravillosa y feliz armonía.
             Y brillaba entonces ese tango que resuena melódico en mis oídos desde que habitaba en la cuna, transitando en el viejo tocadiscos de madera y vibrando en la aguja cuando ésta daba vueltas y vueltas sobre los surcos del vinilo negro y desgastado.
            A mi comenzaron a gustarme sus notas desde el principio y hasta desde siempre si no me equivoco.
            Luego vinieron los días en los que llevabas a mi hijo junto a las vías del tren para verlos pasar a toda máquina y disfrutar disimulado de su grata compañía.
           Tu tiempo era ya libre del todo, nada te ataba a ningún horario y sin embargo te ataste tu mismo a ello, quizá porque con él si te gustaba hablar, porque seguro que él te entendía mejor que ningún otro, porque parecía ser que os comunicabais a través del mismo idioma. Él a veces me lo recuerda, me muestra emocionado el contenido de vuestras conversaciones y rememora al tiempo el estridente chirrido de los trenes a su paso bajo el puente.
           Le hablaste en tus propios términos de tu posguerra particular, como lo hiciste conmigo cuándo era pequeño y hubo un cierto tiempo para dedicarme.   También le pusiste tras la pista del hambre que padeciste en esos tiempos, de las miserias que viviste y de las que vivieron otros que conociste, de lo duro que resultó estar allí cuándo se produjo todo. Le amenizaste la infancia con chistes divertidos y soportaste su peso encima de las rodillas mientras él te sujetaba la cara y te pellizcaba las orejas. Le quisiste mucho, como a todos nosotros.
           Diez años ya y tus arrugas perennes comienzan a ser ahora las mías. Las heridas del alma que un día se cerraron convenientemente ahora se abren en mi por tantas cosas como surgieron en estos años. A veces te hablo, a menudo te siento cerca de mi, pero esos años no se dan la vuelta, no regresan de ningún modo.
            El día que nos despedimos contempla una señal luminosa en mi calendario. Tú lo sabías y yo también lo supe, pero no nos importó tanto pues los dos supimos que había llegado el momento.
            Tampoco había muchas más palabras que decir cuándo no las hubo antes, lográbamos comunicarnos a la perfección tan solo con mirarnos a los ojos.
             Agarré con fuerza tu mano y besé tu frente, sentía que estabas tranquilo y en paz contigo y con todos nosotros. La sonrisa que me brindaste se fue apagando al mismo tiempo que los pitidos de la máquina, con una serenidad encomiable, con inusitada templanza, tal y como habías vivido siempre.
             “ Ponme una vez más La Cumparsita “ anda, por penúltima vez.
            Esta vez fueron solo mis gratos recuerdos los que me lo sugirieron, fueron solo las imágenes de unos años pasados que ya nunca volverán, que solo pasarán por mi mente de vez en cuando. Pero bien sabemos todos que esos recuerdos casan mucho mejor con un buen tango, con el mejor de los tangos para mi padre, con las intensas y desgarradoras notas de “La Cumparsita” resonando en un viejo tocadiscos de la prehistoria que arranca con amargos quejidos cada vez que comienza a girar el negro vinilo que lo contiene.
              A veces, cuando estoy solo y nostálgico, escucho emocionado los bellos compases de “La Cumparsita”, ese querido tango que siempre consigue traerme unos bellos y gratos recuerdos.


copyright©faustino cuadrado


martes, 25 de febrero de 2014




ME HACES FALTA, MUCHA FALTA


             Un pasado y lejano día alguien me dijo en privada confianza que la auténtica valía de las personas y su verdadero e innegable carácter serán mostrados al mundo y con total espontaneidad, cuando más difíciles sean las circunstancias que exijan y motiven su puesta en escena.
             Pocas veces en nuestra escueta existencia tenemos la inmensa suerte y la posibilidad de participar y disfrutar de la vida de aquellos que enseñan y muestran tantas cosas bellas y reparadoras, como uno jamás imaginó que podrían darse.               
              Seres que te dan a probar y disfrutar con su especial contacto, esos sabores y sentimientos únicos e inolvidables que llevan impresos en su alma y que jamás se nos hubiera ocurrido pensar en la realidad de su existencia, de no haber irrumpido con tal fuerza en nuestras vidas. Lo desconoceríamos todo si no hubiéramos podido hablar y compartir con ellos sus sencillos sueños y sus grandes esperanzas.
              Pues yo conozco a alguien de esta madera y debo decir que existen de verdad espíritus así, doy fe de ello. Yo tengo la fortuna y el sentido placer de poder participar ahora en esta etapa presente de su vida y desde luego, convenir por completo en el hecho de que ella forma parte principal de la mía.
              Que me enamora su fortaleza y su espíritu, su alma indómita y apasionada, sus ojos claros y límpidos y su sincera mirada, aquella que traspasa la frontera de la fotografía y penetra en tu corazón dotándole de paz y armonía.
             Tengo la íntima satisfacción de saberme querido y respetado por ella, de percibir en mi interior su cálida y acogedora cercanía en cada momento en el que nos comunicamos y su fortaleza y su carácter indómito a cada minuto que paso sin tener noticias de ella.
              Ese ser magnífico y único se halla inmerso en una lucha incansable por su vida, en una batalla física y emocional en la que intenta vencer las graves y terribles circunstancias que tiene en contra y lo hace con la frente despejada y la mirada orgullosa al frente, con una perenne sonrisa dibujada en los labios.
              Es una criatura bella y maravillosa, es un alma libre e independiente que vela por sus amigos y disfruta con cada día de amor que le regala la vida, como si éste pudiese llegar a agotarse en algún momento. No, María Angélica, nunca lo hará, siempre tendrá suficiente para ti.
               Ella regala de continuo fascinantes sonrisas y cariñosas palabras de apoyo a quienes le rodean, cuando debiera ser ella la única receptora de la atención de las mismas.
              Esa linda mujer que un día surgió de entre las brumas de mi vida, levantando la mano y saludando mi compañía, celebrando y agradeciendo como nadie lo hizo nunca mis palabras de apoyo y cariño y convenciéndome de que éstas resultaban ser mágicas para ella y que le hacían mucho bien, que le prestaban la compañía suficiente que ella siempre deseó y necesitó de quién le rodeaba en cada momento.
                Ese ser maravilloso que me regala mariposas que surcan prestas el océano en mi busca para agradecérmelo todo, para firmar con su llegada el acuerdo de una cena futura en la que disfrutar ambos de su victoria, del éxito final de su cruzada. Una cena en la que al mirarnos fijamente a los ojos, yo podré ver ya reflejado en ellos su esquiva felicidad y la firme esperanza de que le devolverá su brillo y yo seré testigo de ello.
                Daré siempre gracias al destino que la puso en mi camino y nunca me cansaré de hacerlo porque ella me ha hecho y me hará siempre mejor ser humano, mucho más sentido y apasionado por la vida.
               Esperaré siempre con ilusión su recuperación total, su futura visita, sus gratas palabras y sus maravillosos gestos que aún no conozco, todo cuando haya vencido sus duras batallas y reconquistado el reino que persigue desde hace mucho tiempo.
               Su mirada de un azul sobresaliente será un alivio para mi espíritu cuando se pose en mi y el paseo por las calles de mi ciudad, sin prisa y agarrados de la mano bajo la radiante luz de la luna llena, será ese supremo placer fruto de una promesa cumplida y de un sueño realizado.
              Te espero impaciente, no tardes mucho. Sana y cierra pronto tus heridas y sal al mundo de nuevo, pues hay quienes lo deseamos de todo corazón y ardemos de impaciencia por ello.
               Piensa que al fin y al cabo, nos haces falta, mucha falta.

Copyright©faustinocuadrado

sábado, 15 de febrero de 2014





Lágrimas de duelo


        Hoy me he despertado rebosante de lágrimas, lágrimas de dolor y duelo, mas las perlas de agua salada y sentimiento, no partían de mis ojos, brotaban de un alma encharcada por la pena y la tristeza.
       Si partieran de los ojos podrían mitigarse, un pañuelo, una manga del abrigo, un mano amiga y unos dedos cariñosos podrían enjugarla.
      Pero las lágrimas del alma no tienen remedio, no hay solución material ni posible que las libere de su pena, de la grave aflicción que las produce.
       Hoy me he levantado sin fuerzas, sin ilusión alguna.
       Hoy me hubiera convenido abrir los ojos y volver a cerrarlos con fuerza, sin dejarme pensar en nada que tuviera que ver con levantar la sábana y arrojar las piernas al suelo.
        Este amanecer frío y gris, tan sucio de color y fealdad intrínseca, me adentrará por completo en las malas noticias que han de venir y en los inevitables quebrantos que a mi ánimo, ya de por sí maltrecho, terminarán por otorgarle la estocada final y definitiva.
        Todo se viene abajo, como la hoja del roble que sufre el desgaste del paso del tiempo.
        Nada perdura, nada se mantiene, ni siquiera el amor infinito o el amor eterno.
        Todo son trampas letales escondidas en los bordes del camino, en las propias ramas de los árboles que nos flanquean y que pretenden equivocadamente darnos solo inocente sombra.
        Tengo el corazón helado, como mis manos, sin que el terrible frío que siento pueda separarse de mi a base de mantas o infusiones calientes.
        Éste es un frío diferente, es un frío venido de muy dentro que no se mide en grados centígrados ni en vaho brumoso que surge de nuestro aliento. Es un frío atemporal, terrorífico cuando te visita y que te deja sin fuerzas y completamente encogido, sin propósito ni posibilidades de defensa frente a su doloroso soplido.
        Y a mi me ha visitado y ha jurado quedarse conmigo para siempre, pues ya me amagó en otra ocasión anterior y si bien, me perdonó a última hora, creo que en estos momentos no muestra ningún afán por marcharse.
        Tengo frío, mucho frío, y miro alrededor y no veo nada ni a nadie que pueda atemperarlo.
        Estoy solo en esto, como siempre lo estuve. A mi me toca afrontarlo en completa soledad, a mi me toca sufrirlo como a tanta y tanta otra gente que se encuentra en mi mismo estado, perdida y sin rumbo, a solas con sus promesas de sueños incumplidos y de sueños rotos que alguna vez fueron del color del oro.

viernes, 13 de diciembre de 2013

UNA DIOSA SE ENAMORÓ DE MÍ



Fragmento del libro

"VOCES DE INTERIOR Y LO QUE LA PIEL RESPIRA"









UNA DIOSA SE ENAMORÓ DE MI

por Faustino Cuadrado


            Es difícil de explicar lo que ocurrió a quién no lo pudo ver por sí mismo. Es complicado de aceptar, cuando los ojos de los demás han de hallarse apartados de un hecho tan inusual como lo es ese, por las malsanas envidias que llegará a provocar y por los celos ofuscados que generará por tanta mala baba como hay suelta. Solo acertará este milagro a confortar el alma de los que sí lo aceptan y lo celebran como si les hubiese ocurrido a ellos.
            La diosa vino a mi sin previo aviso, sin llegar yo a imaginarlo siquiera por ser ya tan tarde y por haberse consumido gran parte de la vela de mi vela.
            Desde la espalda de la luna, dónde las hadas y las leyendas preparan en secreto sus historias, cuando más brillante estaba la cúpula del cielo por tanta estrella cómplice la diosa extendió una mano suave y tierna hacia mi, impregnada de fragancias de menta y romero y me tocó suavemente el rostro, con la íntima dulzura que solo las diosas saben imponer a sus actos.
            Y yo, pequeño mortal anhelante de cuánta magia pueda dispensarme la vida, levanté la vista para comprobar quién era quien me tocaba con dedos de amor y aliento de brisa de mar, y quedé cegado por la belleza que descubrí en su rostro y por el inmenso amor que me trasladaban sus ojos.
              En un ser humano abatido de amor quedé convertido. La arena ardiente bajo mis pies dejó de quemar mis plantas y el abatimiento que me acosaba desde tanto tiempo atrás, desapareció a través de los poros de mi piel como por ensalmo.
             Miré mis manos y mis piernas y las vi recompuestas de anteriores trabas y de escaras de amores muertos. Mi cara se reflejó, a pesar de la oscuridad reinante, en la misma piedra pulida con la que anteriormente tantas veces había tropezado, y todas juntas, todas esas señales inequívocas que me ilustraban, me advirtieron de la inminente llegada de la felicidad soñada, de la arribada del gran amor de mi vida que tanto tiempo había esperado.
            La diosa de la Luna abrió la boca y sus labios sensuales y húmedos susurraron mi nombre, acariciaron mi oído con su leve roce. El cielo se abrió de par en par entonces y la mujer más bella que nunca hubiese imaginado poder observar, deslizó su divino cuerpo por entre los escasos nimbos blancos y algodonosos que jalonaban la noche, en dirección a mi con los brazos abiertos, hambrientos de mi cuerpo y dispuestos para el feliz abrazo que me ofrecían.
             Yo no puse barrera alguna entre su camino y mi persona y abrí mi camisa dejando mi mortal pecho al descubierto, pues mi eterno sueño largamente forjado en lo más recóndito de mi corazón había comenzado a materializarse.
             Me esperaban cálidas noches de ensueño y hermosos días de auténtica gloria, pues la diosa se me había manifestado, prometiéndome entre besos tiernos y pausadas caricias su amor eterno. Yo le creí sin dudar y puse en sus manos todo el amor que poseía, lo derramé a paletadas y vacié de escombros las alforjas de mi corazón en sus ojos claros y en su piel de seda y gasa.
              Ahora soy un hombre nuevo, que ama a una diosa con locura total de la que no me arrepiento y que se siente amado de igual manera por ella misma. Una diosa, que al parecer, solo vino a este mundo a cumplimentar mi llamada, a dotarle de una vida infinita al sueño de un mortal caducado pero ahora señalado por la fortuna, un mortal que soy yo y con el cual me identifican.
              Mi vida ya no me pertenece, pues se la entregué a quién vino desde la espalda de la luna a iluminar mi cielo con sus haces de luz blanca y transparente, con su corazón de ahora, humano y palpitante, una vez posó los pies sobre la blanda tierra y el verde césped.
                                         
                                                                                                      copyright©faustinocuadrado

miércoles, 16 de octubre de 2013




DE HOMBRE A HOMBRE

Por Faustino Cuadrado


       Escúchame con atención solamente un momento, hijo mío.
Ya sé que estás absolutamente convencido de que con dieciocho años recién cumplidos, crees estar perfectamente preparado para afrontar los retos que se presentan a tus ojos y además, solventarlos con bien todos ellos.
      Quiero que entiendas que nunca calificaré como inconveniente ni reprobable, que llegues a sentir en el interior de tus manos la circulación de esos torrentes de sangre y fuego que viajan por tus estrechas venas, la ira y el ímpetu de la juventud extraordinaria que a veces te domina y las emociones encontradas que ahora gobiernan tu espíritu y que a veces opacan, a mi juicio en parte tu criterio, pero al parecer, resultan inevitablemente necesarias para poder resolver esas dudas que para ti ya no lo son tanto, unos obstáculos que en un tiempo relativamente cercano conseguían hacer trastabillar tu mente y tu criterio, por la inseguridad y la incertidumbre que te inspiraban.
       Soy consciente de que ha dado comienzo el cómputo en el que el tiempo de sabia escucha y la verdadera paciencia de hacerlo, no forma parte del decálogo de tu vida contemporánea, pues sé que piensas que la gente que como yo te rodea, está caduca y en franca retirada. Ese entorno que decidía en tu lugar sobre la oportunidad de cada ocasión y que te indicaba inexorable las pautas a seguir, aseguras ahora vehemente que ya no son capaces de conocer de primera mano las verdaderas inquietudes que te motivan y las que mueven tu destino, que ni siquiera alcanzamos a vislumbrar la magnitud exacta de las mismas, la amplitud de los deseos que te invaden y la intensidad de los anhelos a los que debes necesariamente dar salida.
        Siempre te he mostrado mi parecer sobre el asunto, mi completo convencimiento de que es necesario y positivo que debas cometer tus propias equivocaciones al adoptar unas decisiones propias, tal y como yo lo hice en un tiempo tan lejano que ya casi ni lo recuerdo. Que debes saber y poder equivocarte y remedar tú mismo aquellos traspiés que la vida te proponga.
       Estoy en completo y perfecto acuerdo con todo ello y con otras muchas cosas, aunque no al precio de dejarme al margen por la desconfianza de todo lo que te rodea, y sobre todo, que me apartes del conocimiento de aquellos errores que puedas provocar y que a menudo suman un excesivo peso a la mochila que cada uno llevamos a la espalda.
       Debes tener claro que jamás haré ni diré nada que pueda comprometerte, ni que pueda causarte daño alguno. Solo pretendo hacerte entender que yo ya pasé antes por todo esto y que tengo la consecuente experiencia de haberlo hecho, deseo que tengas siempre presente que puedes contar conmigo para lo que sea.
        Me achacas que ya no puedes hablar conmigo, y que no necesitas de mis consejos, que no te entiendo, que desconozco las veredas por donde transita el mundo actual y que mis aportaciones están obsoletas y huelen a rancias, desfasadas para los tiempos que corren.
       Hijo mío, no me alejes de tu lado, reflexiona. Siempre habrá algo bueno que puedas entresacar de mi compañía y de mi inmenso amor por ti. No me desaproveches porque algún día lo echarías gravemente de menos. Te quiero, y te quiero a mi lado…
Papá, deja de hablar tan solo un minuto y escúchame atentamente, aunque sea solamente por esta vez.
      Ya sé que todo lo que me dices y que todo lo que pretendes enseñarme lo haces exclusivamente por mi bien, por facilitarme y otorgarme un personal beneficio. Sería de mal hijo imaginar siquiera lo contrario. 
       Me lo dices y me lo repites hasta la saciedad y no tengo motivo alguno para dudar de tus buenas intenciones, pero es que a menudo me siento agobiado por tanta protección como me dispensas y por tanto discurso carente de posibilidad de réplica.
       Papá, yo te quiero mucho, pero a menudo me pareces insoportable y la situación que se genera por ello, insostenible.
      Me irrita sobremanera tu predisposición a la ayuda desinteresada, aunque ésta misma no te la haya pedido. Me agobia tanta pregunta por tu parte, tanta inquisición, y a las que de manera cada vez más habitual, no acompañaré de ninguna respuesta por la mía. Porque muchas de las materias a las que éstas se refieren, pertenecen a mi mundo interior, a mi privado universo personal del que tú ni nadie más puede formar parte, aunque tú seas mi padre.
       Yo también sé, a estas alturas de mi vida, que no soy perfecto y que no tengo todas las respuestas para cualquier cuestión o problema que me surja, pero también te digo que yo lo vivo con la convencida certeza de que debo encontrar mi camino y los obstáculos que me hayan sido asignados, que debo sufrir en mi interior las penas que me acometan y los oscuros desengaños que sé que me aguardan, lamerme personalmente las heridas recibidas.
       Ha llegado mi momento, papá, es mi hora y debo afrontarlo bajo mi personal punto de vista, nunca bajo el tuyo.
       Te pediré tu opinión cuándo entienda que ésta me resulte necesaria, y valoraré y tendré en cuenta tus consejos solo en su justa medida, sin que estos supongan para mí una imposición o una carga extra a transportar y no una forma mejor de llevar el peso presente de mi vida, debo evitar que me resulten un lastre imposible y me obliguen a rechazar su presencia a mi lado, llevándome de esa forma a ignorar irremediablemente tus palabras futuras.
       Me echas en cara que nunca te escucho, y yo por el contrario, te aseguro con la mano situada en el corazón que no he hecho otra cosa en la vida que escucharte, que he hecho siempre lo que tú me has indicado.
      Pero ahora quiero que entiendas que solo volveré a escucharé si tú haces lo mismo conmigo, si respetas mis gustos y mis opiniones, si asumes finalmente que un adolescente se ha convertido con el paso del tiempo y pese a tus infundados temores, en un adulto con propias convicciones y válidas particularidades, con criterios y necesidades personalizadas que no tienen que coincidir necesariamente con las tuyas.
       No deseo perder la cercanía contigo, papá, pero necesito que sepas identificar cuál es la superficie que ocupa mi espacio y aciertes a respetarla sin invadirla, a hablar siempre sin esperar una respuesta cuando ésta no deba darse, a encajar una posible negativa que nunca resultará ser un desprecio a través de mi mano.
      Prometo que yo a cambio, tenderé los cables necesarios entre nosotros y agradeceré de la manera debida todo aquello que puedas enseñarme, el que puedas y quieras estar a mi lado.
      Puedo asegurarte que te estaré eternamente agradecido y me sentiré por siempre, plenamente orgulloso de ser tu hijo.

                                          Copyright©faustinocuadrado






 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

ESCALERA AL CIELO



Fragmento del libro 

"VOCES DE INTERIOR Y LO QUE LA PIEL RESPIRA"







                                                      
ESCALERA AL CIELO
                   
                                                                       por Faustino Cuadrado

          Igual que el viento suave del Este recorre mi cara cuando miro hacia Levante, así recibo el eco de tu recuerdo en mi corazón, como una larga, continua e irrenunciable caricia.
          Tu recuerdo me acompaña allá dónde yo vaya, porque aunque estés frente a mí, aunque tus ojos atraviesen los míos, solo hago que echarte de menos.
          Qué joven y qué guapa parecías, tan lejana y tan cercana a la vez, plena de vida y de vibrante alegría asomando por todos tus poros, brindándonos a aquellos que transitamos a tu lado las mieles de tu esplendor, a pesar del riesgo de parecernos excesivamente accesible.
          Y en el anonimato de la clandestinidad de mi amor por ti me hallaba yo, durante una sucesión de largos y difíciles años, tantos que ya hube perdido la cuenta.
          Fueron esos días en los que mantener latente y sin merma la profundidad y el alcance del sentimiento, laceraban sin tregua mis sentidos y la fortaleza de mi corazón, por sentir tanto, por desear tan profundamente.
          Ese ahogo tan atrayente que se apodera de nosotros, cuando la vista se acostumbra al magnífico arco iris que surge con los rayos de nuevo sol, tras una tormenta de verano que ha convertido la jornada en un día lluvioso y frío, siendo uno a partir de entonces esclavo y deudor de la rotundidad de sus colores, cuando ya resulta ser tarde para todo lo demás al haber sucumbido por completo y sin excusas a sus efectos.
           Es ahí, en ese preciso instante, cuando resulta imposible reparar el corazón roto por las heridas de mi pasión por ti, cuando ya no es posible recomponer jamás nada de lo quebrado.
         Una dependencia terrible que solo es remedada por la correspondencia del sentimiento por parte del otro, cuando a ambos se les rompe el alma en el momento en el que no pueden dárselo todo entre ellos, durante todo el tiempo que necesitan, que anhelan y desean hacerlo.
           En ese mismo instante, cuando todo pinta en oros, es cuando se debe dar gracias a aquel que mueve los hilos por poder hallar a alguien como tú, tan maravillosa, tan real. Pero también es el momento en el que uno comienza a desgarrarse nerviosamente las ropas y a llorar desconsoladamente por no haberlo hecho a tiempo, en un momento más oportuno. Es cuando la fatalidad comienza a dictar esas normas irrenunciables, cuando compruebas que al igual que ella lo es para ti, tú eres para ella su personal arco iris, a pesar de ser plenamente consciente de que ya no hay solución alguna para ello.
          El desconsuelo es total a partir de ese conocimiento, pues tu cabeza te dice que no será factible que las cosas muden el desenlace, de que el tiempo no pasó en balde y fue tu peor enemigo.
          A fuerza de repetirte insistentemente la pregunta de la añoranza, fue esa tarde cálida y sincera de Junio cuando el arco iris mostró los primeros colores en el horizonte, tan levemente difusos que un por momento no parecieron reales. Fue ahí cuando aprendiste que ya nunca más abandonarían los ecos de tu retina.
          Las noches de una magnífica Luna Llena, la del color intenso y anaranjado que riela en las aguas tranquilas del Mediterráneo, las que en tu corazón dieron cuenta en su momento y las que hicieron y forjaron todo lo demás.
          Entre ambas, mostraron los tonos de los siete colores en todo su esplendor y causaron graves heridas en los permeables tejidos del corazón. Fueron las que hicieron posible asimilar para sí mismo el alimento imposible que le proporcionaban. Nada será igual a partir de entonces.
        Leves, pero definitivos contactos a través del corazón. Una catarata de vertiginosas emociones creciendo de manera vertical, con la misma pendiente en la que se alza la vista en la noria del parque.
        Sin pausa ninguna, esos descensos sin freno y a tumba abierta que provocan la caída libre por la otra vertiente, con el único y natural objetivo de elevar el sentimiento a través del propio impulso que la anterior caída provoca, reencontrándote por enésima vez con la montaña rusa que es la vida de la cual no puedes ni quieres bajarte, con mucha menos razón una vez puesta en marcha ésta, porque eso significaría la muerte eterna del amor y del incontenible deseo, y tú no quieres bajo ningún concepto que eso ocurra.
        Tu cuerpo quizás no, pero tu mente y tu corazón serían destruidos por su ausencia, de una manera dolorosa y definitiva.
        Dichosos aquellos que logran consignar su vida en el autobús que ha iniciado la marcha, antes de que éste abandone definitivamente las inmediaciones de la parada, pues sus ligeros pies pisarán en firme y su mirada tendrá el brillo de la felicidad.
        Quien monta en el transporte con el semáforo en rojo sabrá por el contrario y con total certeza, que la totalidad de los asientos estarán ya ocupados y que tendrá que hacer, muy a su pesar, el largo trayecto de pie, expuesto a una brusca caída provocada por los continuos frenazos que le brindará la existencia.
       Al parecer, nosotros cogimos ese autobús superada la parada inicial, y aunque nos hallamos estrechamente abrazados y sosteniéndonos el uno al otro, tendremos que agarrarnos con intensidad a la barra, observando mientras tanto y con notable envidia al resto del pasaje. Todo por no haber llegado a tiempo a la marquesina de la parada, por no haber logrado encontrar con la suficiente antelación un asiento libre. Un asiento para compartir entre los dos, con tal de no tener que mendigar un golpe de suerte que logre que alguien que ocupa ese asiento a nuestro lado, se vea obligado por las circunstancias a bajarse a tierra.
         No puedo desear que eso ocurra, porque a dos de esos viajeros que tan cerca de nosotros viajan, les conozco y les aprecio. Pero en mi infinito egoísmo, quisiera hacerles entender que el arco iris que mueve mi vida, es tan maravilloso y tan necesario para mí, que no puedo permitirme el lujo de perderlo ni abandonarlo a la intemperie.
        Cuando he podido sostenerlo en la mano después de cada tormenta, y hasta que se ha marchado el sol ocultándolo a mis ojos, he podido disfrutar de su luz y de su sonrisa.
        No ha habido otra cosa en el mundo por la que debiera distraerme, y lo he olido y lo he disfrutado a mi antojo. Sus colores me han acariciado la cara hasta elevar mis pies sin necesidad de alas. Su contacto se ha hecho material ante mi ruego y su piel, se ha hecho humana a mi tacto.
         Las gotas de rocío que supuraban, me han aliviado la sed en forma de besos sensuales y carnosos. Y he vibrado como no lo había hecho nunca, con nada ni nadie. La nube sensual y dichosa hecha mujer, la hermosa luz hecha sonrisa.
         En los momentos en los que triste y cansado he humillado la cabeza, he encontrado siempre una mano que apoyada en mi mentón me ha hecho levantar el rostro. Me ha besado en los labios y me ha pedido que continúe adelante, ha echado el brazo por encima de mi hombro y ha caminado conmigo, facilitándome unas fuerzas renovadas que siempre echaba en falta, y sobre todo, me ha otorgado un amor añadido, amor del que siempre nos hace falta.
          No es posible olvidar eso ¿a que no? Yo he visto apagarse el arco iris más de una vez, tras el paso de una tormenta para a continuación, desaparecer junto con el moribundo sol en el horizonte, sin una amarga despedida, sin una lágrima vertida por la desgracia que provoca.
          En cada uno de esos instantes en los que ocurrió aquello, decidí firmemente que nada ni nadie impediría que buscara sin fatiga el sol en donde éste se oculta, y traerlo ante mi aunque fuera a rastras, para permitir con ello que mi arco iris irrumpiera nuevamente en mi vacía vida, con cada nueva tormenta sufrida.
          Yo lo he hecho y lo haré cuantas veces sea necesario, porque nunca dejaré que mi arco iris sufra y no pueda desplegar sus colores con orgullo y displicencia, para mi egoísta y personal disfrute.
   Mi arco iris es mi eterna escalera al cielo, aquella por la que subo y bajo como un tobogán complementario, que me arrulla y me mece a cada momento, del que no me querré bajar jamás y en el que me sentiré siempre como en casa, mucho mejor que en casa, porque él es mi sueño infinito y yo soy el sueño de él, porque sin duda formamos la mejor pareja posible, una dualidad de vida y amor eterno.
   Estoy esperando ansioso que algún día pueda adoptar la forma de mujer que se me ha prometido en sueños, y podamos gozar así de la vida juntos y sin periodos en blanco.
   Esperaré a que todo eso sea posible y a que mi gran sueño se convierta en realidad.
   Si realmente luego no resulta ser así, tal y como yo deseo, le suplicaré que siga permitiéndome al menos, acunarme en su regazo mientras me acaricia las arrugas de la frente y las doloridas sienes, como si de un “amor perpetuo” e infinito se tratara, un susurro que llene continuamente mis oídos de las palabras de amor que tanto añoro y deseo.
                                               
                                                          copyright©faustinocuadrado

martes, 13 de agosto de 2013







“IN MEMORIAM”

 

            Pasaban con extrema rapidez los días y su rostro iba adquiriendo cada jornada transcurrida,  ese color macilento típico de la enfermedad grave y definitiva.

            Hacía cerca de dos años que la fatalidad se había cruzado en su camino, con la forma engañosa de alimento atrayente y económico y sin embargo adulterado por el voraz apetito dinerario del hombre.

            Pasó que éste creyó, que podía recortar gastos, que podría abaratar su vida mientras que ese otro ser humano actuaba sin ningún rubor comercial, arañando beneficios de dónde fuera y sin valorar las conclusas y nefastas consecuencias que eso podría acarrearle a su prójimo.

            Y el auténtico y definitivo problema le visitó sin él esperarlo. Comenzó con un principio de irritación en el cuero cabelludo que creyó sobrevenida. Unos síntomas iniciales revestidos de extrañeza, acompañados con posterioridad con una elocuente e irreparable pérdida de cabello, achacada por su lógica ignorancia al frenético y repetitivo trabajo del peine sobre su cabeza y a una configuración genética desfavorable.

            Siempre llevaba uno de plástico gris en el bolsillo trasero del pantalón. Adoraba regalarse continuas pasadas e innumerables roces con el dentado instrumento, por el ya castigado cabello, haciéndolo frente a cualquier espejo o pulido cristal que pudiera reflejar tan encantador rostro. Le gustaba imaginarse a menudo, como un esforzado Travolta en la película “Fiebre del Sábado Noche” tan llamativo y extraordinario a sus ojos. Así éramos casi todos en esa bendita pero oscura época.

            No tenía agua corriente en su vivienda, y la costumbre al uso, como la de otros muchos a su alrededor, era acercarse a primera hora de la mañana a la fuente pública y llenar todos los bidones que pudiera acarrear. Su padre (su madre murió cuando apenas levantaba dos palmos del suelo) era camarero, y se encargaba de preparar a los trabajadores del barrio el primer café con leche de la mañana, justo antes de coger la “ camioneta” que les llevaría al tajo de cada día.

            Su mejor y único amigo, le acompañaba todos los días a por agua a la fuente. Al principio lo hacía, para darle charla y compañía, después, su único motivo fue, ayudarle a  llevar el cubo que en solitario, él desparramaba.

            Su único y mejor amigo, lamentaba la suerte de aquel, le afligía no poder hacer nada más por él que prestarle su escasa presencia y su innegable amistad.

            Al principio de todo, llegó a barruntar que no había vuelta atrás, ni remedio conocido. Era una cuestión de tiempo, y ese era escaso, la verdad.

            Él también lo sabía, y su mejor amigo lo supo después, porque lo habían hablado al principio, aunque ya llevaran algún tiempo que hacían como si no pasara nada. Bien es verdad, que eso era de puertas para afuera, porque dentro de su morada interior, en el interior del perfil de sus miradas, la tristeza lo corroía todo y todo lo enturbiaba.

            Hubo un día en que la alopecia no fue el único síntoma y ya no pudo asomarse siquiera a la puerta de su casa. Sus agarrotados pies ya no le respondían y la debilidad y la torpeza se apoderaron de él,  juntas pudieron con su naturaleza pujante y rabiosamente vital, hasta solo un año antes.

            La cama se hizo su compañera habitual e infatigable en su rutina diaria, soportando de este cuerpo maltratado, cada vez menos peso. Lo fue, hasta que por fin traspasó el mundo de las realidades y se introdujo definitivamente en el de los sueños tranquilos, dónde nadie se encuentra solo y percibe constantes y apacibles sensaciones, sin ninguna intromisión ni injerencia indeseada.

            Los días cambiaron y dejaron de ser claros y nítidos, a pesar de la luz de Marzo y la calidez de Mayo, a pesar de la subida de las temperaturas y de la extensión de los días, de la temporal retirada de las frías y largas noches del invierno.

            Su único amigo comenzó a pasar menos tiempo a su lado, a la cabecera de su lecho.

            A  éste le conmovía cada vez más su aspecto, su semblante comprimido y seco, su triste apariencia. Principió a pesar más en él, la congoja y la amargura comenzaron a embargarle y supo que no deseaba que su deslavazado amigo, pudiera y quisiera verle así, se lo debía, por los innumerables y gratos momentos que compartieron, en los que los dos se hallaban en pie de igualdad, hermanadamente sanos y rebosantes de color y vitalidad.

            Los meses pasaron a convertirse en días, y los días en horas. Los minutos fueron segundos, y los segundos, ya ni siquiera fueron. Todo se acortaba, los plazos y los términos acabaron con las fechas de futuro. La vida pareció partir hacia otro lugar de referencia, hacia el otro sino que sin duda, todos acabamos buscando, aunque casi siempre fracasamos en el intento. Y en ese viaje, ni siquiera su mejor amigo pudo acompañarle. El uno tuvo que partir y emprender la marcha, el otro, necesitó aguardar turno y completar su particular camino aquí, una senda que todos debemos circundar a pesar de no desearlo siempre.

            Llegó el momento triste de la despedida, y cuando su único amigo bajó esta vez en solitario en dirección a la fuente, y subió luego, desoladoramente cargado de agua en el interior de los cubos y de aguijoneantes y dolorosas sensaciones adheridas a la espalda, pensó por un breve instante en su fiel compañero y en el viaje que había emprendido, y le deseó en su interior la mayor de las suertes. Pidió para él la más amplia de las fortunas y toda la felicidad que cupiera en sus manos.

            Yo sé, con absoluta seguridad y certeza en lo que digo, que eso fue lo que le deseó fervientemente a su amigo.
 
 
copyright©Faustino Cuadrado